lunes, 22 de octubre de 2012

LA CASA DEL AGUILA




La casa del águila, una ruinosa construcción vacía y solitaria, domina un sector del barrio Flor de Maroñas desde hace muchísimos años. Es uno de esos caserones antiguos “cuya sola arquitectura es siniestra”, a decir de Chesterton, rodeada de un parque enigmático y descuidado.

Sobre la fachada añeja se alza la figura monumental de un águila de piedra, con un gesto amenazante y las alas abiertas. Allí permanece desde hace tanto tiempo, que los vecinos más ancianos no recuerdan el barrio sin la casa y el águila enigmática.

De día, la casa parece tan sólo un caserón deshabitado, pero en las noches de tormenta la fachada adquiere un cariz siniestro y la calma se interrumpe en el barrio. Los vecinos denuncian en esas ocasiones que varios ruidos extraños comienzan a sentirse desde dentro de la construcción: aullidos o los aleteos de un enorme animal encerrado.

La policía no suele responder a las innumerables denuncias, sobre todo después de un extraño suceso. Una vez, dos agentes fueron enviados a investigar lo que sucedía: llegaron equipados con linternas, decididos a demostrar que los ruidos no eran más que producto de jóvenes o pura psicosis del barrio. Cuando se estaban por retirar, sin embargo, un ruido de derrumbe los obligó a darse vuelta. A la luz de sus linternas pudieron comprobar cómo el águila caía desde el techo, desmoronándose en el suelo y haciéndose añicos. Se retiraron, no sin antes redactar el parte oficial dejando constancia del acto.

Al día siguiente, ambos policías fueron encerrados por “beber en horario de servicio”. Cuando protestaron, el propio comisario los condujo hasta la casa. Para su estupor, en lo alto de la fachada, con las alas extendidas y el pico abierto, el águila los miraba con sorna y ubicada en el mismo lugar donde siempre estuvo y donde permanece hoy en día.

Los vecinos, mientras tanto, tienen sus propios relatos sobre el águila que cobra vida en las noches de tormenta. La han visto moverse, aletear o levantar vuelo, entre muchas historias que remiten a la “maldición del águila”, cuyo origen es desconocido 

Sobre la casa, sin embargo, hay otra historia truculenta pendiente. Fue construida por el edecán del dictador Máximo Santos a fines del siglo XIX, el general Esteban Pollo, masón en grado 33. Según algunos vecinos, dicha casa fue usada también en la década del ’70 como calabozo para prisioneros políticos, siendo testigo de varias torturas y muertes.

En las noches de tormenta, según recrea la leyenda, pueden escucharse los aullidos de los prisioneros de dos siglos, mezclándose con el aleteo monstruoso del águila de piedra, que renace cada vez que se reaviva el horror




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