viernes, 23 de febrero de 2018

LA HIJA DEL MOLINERO



Cuando se habla de la ciudad de Las Piedras, en el departamento de Canelones, se vienen muchas cosas a la cabeza. En primera instancia, uno de los acontecimientos más importantes de la historia uruguaya tuvo lugar allí: la Batalla de Las Piedras. Fue el 18 de mayo de 1811 y representó uno de los triunfos más relevantes del ejército de José Gervasio Artigas sobre las tropas españolas. En la ciudad se erige un obelisco que conmemora ese importante triunfo.

La ciudad de Las Piedras también es conocida por el tango, ya que en ella nació Julio Sosa, uno de los cantantes más reconocidos y prestigiosos de la música uruguaya. En Las Piedras también existe un viejo molino de viento que protagoniza una historia tan triste como siniestra. Se trata de la historia del Molino de Bosch, un gigante que parece dormido. Pero esa imagen no es más que un simple espejismo, porque este viejo molino de viento es parte de un mito que involucra a su antiguo dueño y la hija del molinero.

El antiguo molino aún se encuentra allí, tan entrañable que un barrio entero adoptó su nombre y también la farmacia, el boliche, la pizzería, la estación de servicio, etcétera. Ese molino, además de darle nombre al barrio, es un emblema y le transmite a todo el barrio y toda la ciudad una atmósfera de misterio pero también mucho sentimiento y arraigo.

El viejo esqueleto no solo recuerda los buenos tiempos de la industria de la harina, sino también una tragedia que el pueblo de Las Piedras nunca quiso olvidar del todo. La historia está relacionada con Joaquín Bosch, un catalán que emigra a Uruguay buscando “hacer la América” y le fue muy bien. Las Piedras era poco más que una aldea en aquel momento. Bosch al principio vino con la idea de fabricar velas de cebo y es por eso que la gente lo conocía como el velero. Pero al poco tiempo se dio cuenta que la industria de la harina estaba en pleno auge, decidió construir el molino al costado de la ruta que por aquel tiempo era un camino polvoriento. Este molino fue construido entre 1859 y 1863 y se trata de uno de los cuatros que se construyeron en la ciudad de Las Piedras en esa época, fueron 18 en Canelones y 194 en todo el país.

Al emigrante catalán le fue muy bien, también se casó y tuvo cinco hijos. Una de sus hijas, Juana Teresa de apenas quince meses tenía una relación de mucha devoción hacia su padre. La niña era encantadora y era su mayor orgullo. Apenas daba sus primeros pasos, pero salía a esperarlo a que él regresara de trabajar en la ciudad. Todas las tardes se abrazaban cuando se encontraban y luego ingresaban a la casa.

Un día Joaquín se demoró en la ciudad y volvió más tarde la habitual. Como esa tarde llegó tarde, Juana Teresa estaba especialmente ansiosa. Lo esperó largo rato afuera y cuando lo vio venir se dirigió a recibirlo. Las aspas del molino, que casi llegaban al piso, estaban en funcionamiento y golpearon a la niña en la cabeza. La pequeña falleció en el instantáneamente. Joaquín se encontró con una escena mucho más espantosa de lo que hubiera podido imaginar.

La historia cuenta que Don Joaquín se habría llegado a enojar mucho con el molino y le había quitado las aspas para vengarse de la tragedia que le había quitado el alma. Joaquín jamás pudo superarlo y se fue apagando de a poquito hasta morir algunos años después.

El 22 de marzo de 1896 falleció Joaquín Bosch. En aquel momento se construyó un panteón en el cementerio de Las Piedras que es una réplica de su molino y hoy en esa necrópolis suceden algunas cosas muy extrañas. En la cima del molino se ve un ángel, que si lo observamos de cerca nos damos cuenta que es una niña angelical.+

Son muchas las versiones de los vecinos de manifestaciones inexplicables y se cuenta que el fantasma de la niña merodea el molino. Hay quienes se extrañaron al ver una figura bajita jugando entre las ruinas del molino viejo, otros más bien cuentan de las risas o los llantos de una niña chica en el panteón de los Bosch


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jueves, 22 de febrero de 2018

HISTORIAS DE TERROR

Buenas noches moradores del ático hoy os traigo 3 aterradoras historias de terror ya sabéis,poneos cómodos y disfrutad de ellas.


 

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martes, 20 de febrero de 2018

EL LOBIZON



El mito del lobizón –o lobisón- es uno de los más
difundidos a través de los tiempos. Son innumerables las
culturas que han asimilado la creencia en un hombre que, en
virtud de algún maleficio, se transforma en una fiera terrible. Y
en Latinoamérica esta creencia es muy popular.
En el Río de la Plata existe una superstición que
asegura que el hermano menor de una serie ininterrumpida
de siete hijos varones nace inexorablemente con la maldición
de transformarse en una bestia feroz. Aunque en diversos
sitios de la campaña la forma de la bestia varía (ya que puede
ser indistintamente un chancho, un perro salvaje, un gato de
monte o todo eso junto a la vez) se admite que el lobizón se
parece mucho al lobo. En gran parte esto se debe a que la cara
del lobo tiene un magnetismo muy especial del que carecen
otros animales, y es tal vez por esto que la imagen de esta
fiera sobrevive en el imaginario latinoamericano, a pesar de su
carácter foráneo en la fauna de la región.
En las leyendas más antiguas de las que se tiene noticia
-sobre todo en las de las culturas animistas que consideraban a la
luna un energizante de espíritus- esa facultad de transformación
era concedida por la luna llena. Pero esta convención fue
modificada con el advenimiento del cristianismo, en especial
con la significación sagrada del Viernes Santo, momento en
que según las Escrituras (Mateo, 27:45) es propicia la aparición
de los seres del mal. Por esta razón, en la actualidad los criollos
admiten que el lobizón se transforma los días viernes de luna
llena.
Según se cuenta, una vez transformado en bestia el
lobizón es muy cuidadoso de que no lo hieran, pues de lo
contrario la herida se transmitiría al cuerpo humano y su
identidad sería revelada. Por esta razón, una de las mejores

maneras de ahuyentarlo es presentarle a la vista cualquier
objeto cortante, como un cuchillo o una botella rota. Para
liberar definitivamente a un lobizón de su maldición el único
método conocido consiste en hacer apadrinar a la criatura por
el mayor de sus hermanos.1
Por lo demás, hay acuerdo en admitir que el hombre
que padece la maldición de ser un lobizón es conciente de
su naturaleza, circunstancia que suele provocarle hondas
preocupaciones. Si es un hombre bueno, cuando llega la tarde
de los viernes trata de replegarse o de encerrarse, como una
forma de proteger a sus seres queridos. Si no procediera así,
el lobizón sería un peligro para cualquiera, pues mientras tiene
forma de bestia no posee recuerdos de su vida humana.
Se conocen muchas leyendas sobre lobizones en
diferentes rincones del Uruguay, sobre todo en las estancias
del norte; basta recorrer el país y conversar con su gente para
comprobarlo. Pero hay una que es sin dudas la más impactante
de todas. Ocurrió hace ya algún tiempo en la histórica localidad
de Masoller, en el departamento de Rivera.
Por entonces Masoller no se parecía en nada al pintoresco
pueblito que hoy conocemos. En realidad, apenas si se trataba de
un puñado de ranchos de paja y barro endeblemente apilados en
el medio del campo. En aquel desamparo, rodeado de estancias
por los cuatro costados, perdido casi en cualquier lugar de la
inagotable campaña, compartían algunos pocos vecinos con
sus animales una vida elemental, agreste y rutinaria.
1 Esto llevó a que hacia el año de 1973 el Presidente Juan Domingo Perón
creara un decreto, el famoso decreto Nº 848, que concede a los padres de
los séptimos hijos varones la posibilidad de optar por el padrinazgo moral
del Presidente de la Nación. Este decreto, que permitió en su momento
salvar la vida de muchos niños, todavía sigue vigente y es así que cuando
nace en la Argentina un séptimo hijo varón la División de Padrinazgos de
la casa de Gobierno le da al chico una medalla, un diploma y una beca para
cursar estudios primarios y secundarios.

En aquel establecimiento había una joven, nacida
allí mismo, muy querida por los lugareños. Nadie recuerda
su nombre, pero aseguran que además de muy bonita era
reservada, introvertida y casi enojosamente tímida, como
muchas jovencitas del campo. Vivía pobremente con su
familia, atendiendo las tareas del hogar y colaborando también
en las duras tareas del campo, cumpliendo de sol a sol jornadas
demasiado pesadas incluso para las fuerzas de un hombre.
Un buen día, esta jovencita se puso de amoríos con un
muchacho que trabajaba en las inmediaciones del pueblo. Había
opiniones un poco encontradas acerca de este candidato. Nadie
dudaba de que se tratara de un sujeto honrado y trabajador,
pero se decía también que era demasiado taciturno, de pocas
palabras y a veces malhumorado. Un poco raro en general, y no
sólo porque así suelen ser en realidad algunos rudos paisanos
del campo, sino porque además había trascendido que este
muchacho era un séptimo hijo varón y todas las miradas de
Masoller recaían inquisidoramente sobre él señalando, por lo
bajo, que era un lobizón.
Cuando al cumplir los diecinueve años de edad la moza
anunció que se iba a casar con éste joven, la gente del pueblo
recibió la noticia con una mezcla de regocijo y de inquietud.
La mayoría de los vecinos se alegraron con sinceridad por
aquella boda, pero muchos no dejaron de recordarle a la joven
en cada ocasión que podían los rumores que versaban sobre su
enamorado y de rogarle por todos los cielos que no tomara una
decisión apresurada. Pero ella, a pesar de las francas advertencias
recibidas persistió firme en sus convicciones, porque quería al
muchacho. Y un buen día éste se la llevó a vivir a su rancho.
Los primeros días de convivencia de la feliz pareja
transcurrieron con absoluta normalidad. El rancho en que
vivían, ubicado en un claro del monte, era oscuro, desamueblado
y sumido en la precariedad, pero a los jóvenes no les importaba
en lo más mínimo porque se tenían el uno al otro y eso les
parecía suficiente.






Sin embargo, dicen que no pasó mucho tiempo antes
de que la joven comenzara a sentirse perturbada por algunos
comportamientos extraños de su marido. En especial, la
desconcertaba la costumbre del hombre de pasarse largas
horas hacia el atardecer de los días jueves mirando como
hipnotizado a través de una ventana que daba hacia el este.
En tales circunstancias, si ella le preguntaba acerca del motivo
de su silencio él no le contestaba y continuaba con los ojos
perdidos en el vacío, mateando despacio. Peor aún se ponía los
días viernes de luna llena, cuando era dominado por una especie
de desesperación. Caminaba de un lado al otro de la casa como
un animal enjaulado, muy inquieto. En estas ocasiones, no era
extraño que los perros rondaran las postrimerías del rancho
ladrando alterados.
La gota que colmó el vaso ocurrió una cierta noche de
Viernes Santo. En mitad de la madrugada, mientras la joven
dormía, el hombre abandonó en silencio la cama y salió a
caminar por el campo. No regresó sino hasta poco antes del
primer canto del gallo y jamás cruzó con su mujer siquiera una
sola palabra sobre el incidente. Con el tiempo, éste enigmático
comportamiento del hombre comenzó a hacerse periódico.
La joven al principio se lo permitía porque estaba ya bastante
acostumbrada a ese tipo de extravagancias y simulaba dormir
cuando su marido se levantaba y permanecía despierta hasta
que regresaba. Pero poco a poco la curiosidad comenzó a
hacer su trabajo, hasta que al final la muchacha se dijo que
lo mejor sería seguir en secreto a su marido para averiguar a
que suerte de actividades se dedicaba en aquellas misteriosas
peregrinaciones nocturnas.
Fue así que al viernes siguiente, cuando su marido se
levantó, ella se hizo la dormida como en tantas otras ocasiones.
Pero luego de unos momentos se levantó a su vez de la cama
decidida a seguir el rumbo de sus pasos. Muy sigilosamente,
para no ser notada, avanzó hasta la puerta del rancho y desde
allí pudo comprobar que su marido se internaba hasta una

arboleda que distaba a unos cuántos metros y se perdía a paso
lento en la oscuridad de una noche fría y estrellada. Ella esperó
todavía unos segundos a que su marido se alejara y luego salió
procurando con disimulo darle alcance.
Mientras lo seguía a escondidas, a escasos metros detrás
de él, una de las cosas que le llamó más poderosamente la
atención fue la extraña manera en que avanzaba su esposo. Lo
hacía con los ojos abiertos y la mirada perdida, hipnotizando,
como si estuviera respondiendo a un secreto llamado que
proviniera del interior del monte. Pero lo más raro de todo
es que su andar se iba haciendo cada vez más extravagante.
Caminaba encorvado hacia adelante, como si lo aquejara un
dolor muy agudo en el vientre, y tanto se arrollaba que de vez
en cuando utilizaba alguna de sus manos para ayudarse en el
desplazamiento. Finalmente, al llegar a un sitio dominado por
gruesos pastizales, el hombre se dejó caer al suelo en medio de
penetrantes gruñidos.
Su cuerpo comenzó entonces a sufrir la más bizarra
de las metamorfosis. Los colmillos le crecieron de golpe, un
pelaje muy abundante comenzó a ganar todos los rincones de
su piel y sus ojos se enrojecieron al fuego de una furia intensa.
Las ropas que llevaba rasgaron por el aumento del tamaño de
los músculos. Luego la bestia se incorporó, por fin, y la mujer
pudo comprobar aterrada que lo que antes fuera su marido de
pronto era una especie de lobo que parado sobre las dos patas
traseras alzaba su hocico y aullaba al cielo. Arriba, la luna llena
recortaba su blanca silueta sobre la negrura de la noche.
Al presenciar aquel espectáculo, la moza optó por alejarse
lo más silenciosamente posible de allí. Pero tan nerviosa se
encontraba que al intentar retroceder pisó sin querer una rama
seca, la cual al romperse emitió un crujido sordo que convocó
la atención de la fiera. Aquel terrible animal dirigió entonces
sus ojos llenos de rabia hacia la joven y luego comenzó a
correr enfurecida hacia donde ésta se hallaba, dando saltos y
describiendo movimientos imposibles de realizar para un ser
humano.

Cuando la joven tuvo la certeza de que este animal no
podía reconocerla como su diurna esposa y que se acercaba
hacia ella con firmes propósitos de hacerla pedazos, decidió
partir en una desaforada carrera hacia la seguridad del rancho,
temiendo no poder llegar nunca. De hecho, los pasos de la fiera
eran mucho más grandes que los de ella y por más que obligó
a sus piernas en la persecución llegó a sentir en un momento
la respiración caliente de sus fauces humedeciéndole la nuca.
Creyéndose perdida, la joven no tuvo más remedio que treparse
al árbol más cercano con la velocidad de un rayo y desde las
alturas asistir al modo en que el animal tiraba tarascones al aire
y saltaba con todas sus fuerzas alrededor del tronco tratando
de subir. Tan cerca estuvo la fiera de devorarla que con una de
sus feroces dentelladas había logrado rasgar el vestido de la
desventurada criatura.
Como pudo, la joven se acurrucó contra una horqueta
del árbol y desde allí comenzó a tratar de apaciguar la ira de
la bestia. Le solicitaba que no le hiciera daño, alentándola con
cariñosas palabras a que se acordara de quién era ella. Sin
embargo, el animal seguía furioso, dando terribles gruñidos
con el lomo erizado. En determinado momento se paró en
sus patas traseras y quedó con su rostro a pocos centímetros
de la moza. Ella, por supuesto, pensaba que había llegado ya
su hora, pues a la fiera le bastaba estirar una de sus garras
para destrozarla. Sin embargo el animal no lo hizo, y se quedó
mirando a la joven directamente a los ojos. Fue como si de
pronto se reconocieran, o como si ambos estuvieran tratando
de buscar en sus miradas algo familiar. Paulatinamente el animal
comenzó a declinar en su furia y luego de unos instantes de
inmovilidad en aquella mutua contemplación rompió a dar
aullidos y, todavía con un pedazo del vestido colgando entre
los dientes, huyó despavorido al interior del monte.
Cuando las cosas parecieron ponerse un poco más
tranquilas la joven decidió bajarse del árbol y tratar de regresar
al rancho. Así lo hizo, todavía llorando de miedo, no sin antes

tropezar una o dos veces en el camino de la desesperación que
la dominaba. Una vez adentro, cerró la puerta estrepitosamente
tras de sí, y se mantuvo en alerta unos cuantos minutos con
temor a que la fiera regresara.
Segura de que aquel terrible animal se había marchado
para siempre, decidió meterse en la cama para tratar de relajarse.
No esperaba dormirse, ya que estaba muy alterada, pero
pensaba que esa sería la mejor manera de conseguir que las
horas pasaran rápido y aprovechar la primera luz del amanecer
para abandonar el rancho. Sin embargo, el sueño y el cansancio
pronto la vencieron y casi sin querer se quedó profundamente
dormida.
A la mañana siguiente, muy temprano, unos ruidos en
la cocina la despertaron. La joven se levantó entonces muy
despacito, todavía temerosa de lo ocurrido hacía muy pocas
horas, y fue hasta allí a averiguar de qué se trataba. Abrió la
puerta y entonces vio, junto a la estufa de leña encendida, a su
marido que, sentado muy tranquilo en una silla, se cebaba un
mate con la caldera como si no hubiera pasado nada.
La moza, con mucha delicadeza, se acercó al hombre
y le dijo algunas palabras, intentado averiguar si recordaba
algo. Pero él, por supuesto, no recordaba nada. Y más todavía,
cuando la joven le refirió en medio de un mar de lágrimas
la extraña situación de la noche anterior, él le replicó que
aquello no había sido más que un mal sueño y se rió de lo que
le contaban con una carcajada grande, por lo absurdo que le
parecía. Lo verdaderamente horrible del caso es que cuando
esto ocurrió, la moza, con un sobresalto, logró advertir entre
los dientes de su marido una hilacha de tela, una hilacha del
vestido que aquella terrible fiera le había rasgado en el ataque.
La joven armó de apuro entonces un atado con sus
pocas pertenencias y le comunicó a su marido que no sería
capaz de seguir viviendo con él. Luego se fue del rancho, y
también del pueblo y nunca más se supo nada de ella. Dicen

que el joven hizo lo propio poco tiempo después, incapaz de
asimilar la situación.
Pero aseguran los vecinos más viejos de Masoller que
todavía hoy, ciertos viernes a la noche, un perro demasiado
grande ronda maliciosamente los caseríos, aullándole a la luna,
más solitario que nunca.


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lunes, 15 de enero de 2018

EL EXORCISMO

Buenas noches moradores del ático una vez mas,acudo a mi cita con el terror y les traigo una historia que les pondrá los pelos de punta. pónganse cómodos y disfrútenla.




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domingo, 14 de enero de 2018

LA MALDICION



Miguelito, el hijo de don Diego, murió ahogado en la bañera de su casa cuando solo tenía tres años. Era un niño cariñoso y juguetón, la luz de la vida de sus padres y de sus familiares. No fue una muerte accidental, pues fue víctima de la furia de una empleada doméstica que, según la versión oficial, se enamoró de don Diego y no fue correspondida. La mujer fue condenada a morir en la horca, pues en esos días aún existía la pena capital. Don Diego y su esposa estuvieron presentes en la ejecución. La empleada, que se llamaba Alicia, miró fijamente a sus antiguos patrones con una mirada que solo mostraba satisfacción por el horrible hecho cometido. Don Diego y su esposa no pudieron contener sus lágrimas al ver a Alicia riéndose a carcajadas mientras le colocaban la cuerda alrededor del cuello y mientras decía: «Lo amo don Diego, lo amaré por siempre, ya va a ver cómo usted también me va a amar para siempre. Ya no tiene hijos, yo le hice ese favor. Deje a esa mujer vieja y sálveme». Don Diego bajó la cabeza y también sintió ganas de morir, pues la vida ya había terminado para él.

El juez subió al cadalso junto con el padre Alonso, el sacerdote local. Este último acercó una Biblia a los labios de Alicia y le pidió que la besara y que se arrepintiera de sus pecados. Alicia escupió la Biblia y le gritó algo al sacerdote en un idioma incomprensible. El juez la abofeteó y le preguntó si tenía algo que decir. Ella se rio con una sonrisa quebrada y un poco de sangre saliendo de la comisura de sus labios. Volteó hacia donde estaban don Diego y su esposa y gritó con una voz de volcán mientras se le ponían los ojos en blanco: «Los maldigo para siempre, bajo el cielo, sobre las montañas verdes. Nunca estarán tranquilos y nunca se librarán de mí. Deseo que el Diablo me reciba y me ayude a deshacerme de ustedes. Deseo que el Diablo, mi señor, los maldiga para siempre, bajo el cielo, sobre las montañas verdes, bajo el cielo, sobre las montañas verdes, bajo el cielo y sobre las montañas verdes, dentro y fuera del Infierno». El juez dio la orden final y la trampa bajo los pies de Alicia se abrió. Su cuerpo cayó y un fuerte tirón le rompió el cuello. El cuerpo fue envuelto en sábanas y retirado por los guardias del juzgado. Ese fue su fin.

La vida jamás volvió a ser igual para don Diego y su esposa. A diario visitaban el cuarto de Miguelito, donde se acurrucaban para llorar en el piso. Lo habían pintado con colores pasteles y habían puesto unas lindas pinturas de animales en cada pared. Con el tiempo, el cuarto de Miguelito se mantuvo intacto, como en el día en que murió. Don Diego decidió sellarlo para siempre y su mujer asintió, tratando de olvidar, tratando de borrar de su memoria lo imborrable.

Cada noche pasaba lo mismo. Don Diego se acostaba junto a su esposa y exactamente a las tres de la mañana escuchaba un llanto infantil. Al principio don Diego creía quera un gato pequeño o algo parecido, pero la frecuencia del llanto y la puntual repetición del mismo lo hicieron dudar. Pensó que el recuerdo de su hijo muerto le podía estar ocasionando pesadillas. Una noche, a la misma hora, el llanto llenó nuevamente de pesadumbre los espacios de la casa. Don Diego despertó y comprobó que su mujer estaba dormida. Se levantó de la cama y fue lentamente hacia la puerta de su cuarto. Después de tomar la manija de la puerta, tuvo que soltarla inmediatamente, pues estaba tan fría que le quemó las manos, como si hubiera estado por mucho tiempo en un congelador a cuarenta grados bajo cero. Tomó una camisa que estaba tirada junto a su cama y la utilizó para tomar la manija. Abrió la puerta y caminó sobre el pasillo que daba al cuarto de Miguelito. Avanzó de puntillas mientras el llanto y los amargos recuerdos seguían martillándole los oídos. El ruido provenía exactamente del lugar donde dormía Miguelito, el cuarto que había sido sellado hacía mucho tiempo. Puso sus manos y su oído contra la pared que sellaba lo que una vez fue una puerta y no pudo evitar llorar apretando sus ojos fuertemente mientras el llanto infantil continuaba. No pudo más. Tenía que averiguar la causa de ese llanto tan desgarrador. Fue corriendo a la bodega y buscó un mazo entre sus herramientas. Corrió de vuelta a la casa y con un estruendoso golpe empezó a martillar sobre la pared. Su mujer se despertó inmediatamente y corrió para ver lo que sucedía. Le dijo que se calmara, que debía ser una pesadilla, pero don Diego estaba como un loco y siguió golpeando con el mazo hasta tirar la pared por completo. La antigua puerta se reabrió y ante ellos apareció lo esperado: la nada. La habitación estaba vacía, llena de polvo por el paso del tiempo. En las esquinas, las arañas había construido sus casas, y desde el techo, varios ciempiés serpenteaban buscando alimento.

Exhausto, don Diego se puso de cuclillas apoyándose en el mazo mientras el sudor de su frente pintó diez puntos sobre la empolvada cerámica. Su esposa lo consoló y le dijo que era algo comprensible. Habían perdido a su tesoro más preciado y ahora tendrían que llevar esa pena por siempre. La esposa de don Diego nunca había dudado de la fidelidad de su marido. Pero recordando las palabras de Alicia sobre el cadalso, ese día trágico decidió curarse en salud. «¿Vos tuviste algo con Alicia, Diego?», le preguntó sin rodeos. La cara de don Diego enrojeció de cólera. «¿Cómo me preguntás eso? ¿Es que sos pendeja, vos? ¿Cómo se te ocurre? ¿No ves que era una loca esa?», le dijo con violencia verbal, disipando las dudas de su esposa. El llanto no volvió a escucharse a partir de ese día. Con el paso del tiempo, sin embargo, el recuerdo de Miguelito se hizo más fuerte. Sus padres pusieron una foto suya en la sala para recordarlo cada vez que entraran a la casa. En la foto aparecía con su traje azul de marinerito y sus manos levantadas con júbilo. No se parecía nada al niño que pusieron en el lujoso ataúd el día de su muerte. Don Diego volvió a sellar el cuarto, pero antes de hacerlo lo limpió completamente, como si deseara que su hijo, o al menos su recuerdo, retornara a un ambiente agradable.

Pasó un año y don Diego trataba de llevar una vida normal con su mujer, en la medida de las posibilidades. Le gustaba pensar que había sido un buen padre para su hijo, preocupado siempre por su comida y por sus medicinas, pendiente de ropa y de su aseo. Y así, tratando de olvidar, la vida se hizo más llevadera para don Diego y su esposa.

Un día, don Diego le preguntó a su mujer si le gustaría que adoptaran un bebé. Ella ya no podía tener hijos, pues las complicaciones del embarazo de Miguelito la habían dejado sin posibilidades. Su esposa lo aceptó, pues pensó que podría ser una bendición que les ayudaría a reanudar sus vidas, a volver a ser normales, a olvidar. Al día siguiente, fueron al albergue del Ministerio de la Familia. Después de hablar con un funcionario, este los condujo a un gran cuarto repleto de cunas. Decenas de llantos infantiles inundaban el lugar y su estruendosa sinfonía hizo que las piernas de don Diego temblaran, recordando las penas pasadas. Su mujer lo tomó fuertemente del brazo y caminaron junto al funcionario hasta llegar a la primera hilera de cunas. Vieron a muchos bebés pero no se decidían por ninguno. Unos eran gorditos y murruquitos y otros ojones y rubios. Así llegaron a la tercera hilera. Ahí, en la segunda cuna de la izquierda, vieron a una niña preciosa. Era una recién nacida con el pelito negro, grandes cachetes y unos ojos oscuros. Don Diego miró a su mujer y ella le dijo: «¿Por qué? Es una niña». «¿Por qué no?», respondió él mientras la cargaba por primera vez. El funcionario les explicó que esa niña había nacido en Bluefields y que tenía como tres días de estar en el albergue. Después de llenar algunos formularios, el funcionario les dijo que el proceso podría tardar un par de semanas, pero con los antecedentes de ellos sería un proceso fácil, pues habían demostrado tener medios para atender a la niña.

Y así fue. Después de dos semanas, don Diego recibió una llamada del Ministerio de la Familia y fue alegremente con su esposa a traer a la niña. Decidieron llamarla Esperanza, y desde entonces se convirtió en la luz de sus vidas. La niña creció sana y fuerte con los cuidados de sus nuevos padres. Cada día jugaban con ella, la educaban, le enseñaban a comportarse y la cuidaban como una flor preciosa en un jardín de ensueño. Pasaron dos años y Esperanza empezó a decir sus primeras palabras: mamá, papá, miau miau, guau guau. Cada vez que hablaba, sus padres la miraban orgullosos, sonriendo con cada palabrita. De más está decir que don Diego perdió la cabeza por su hija. No podía concebir el mundo sin ella, esa preciosidad que había llegado a sus vidas para quedarse, para acompañarlos y consolarlos para siempre. Se forjó, literalmente, muchas esperanzas con Esperanza. La soñaba convirtiéndose en una gran administradora de empresas o en una política exitosa. La soñaba casándose con un príncipe azul en una fiesta de ensueño. Ah, ¡cómo llegó a quererla! Tanto que un día quitó de la sala la foto de Miguelito. Y su mujer lo aceptó, como si aceptara el efecto de reemplazo que Esperanza había provocado. El cuarto de Miguelito permaneció sellado para siempre y fue consumido por el polvo, por las polillas y por las sombras del olvido, las sombras más tenebrosas que existen, pues no estamos donde estamos sino donde nos recuerdan.

Los negocios de don Diego prosperaron y su vida familiar se convirtió en lo que él siempre quiso: una vida tranquila, sin sobresaltos, una vida en la zona de confort. Compró una finca en el norte del país y la llamó Santa Esperanza, como su hija. La colmó de pinares y cafetales y la convirtió en un paraíso de descanso, un lugar donde el verdor de la esperanza se mezclaba con el marrón de la tierra y la transparencia del arroyo. Iba con su familia todos los fines de semana. Aprovechaban para caminar por largas horas por los improvisados senderos, nutriéndose de las fragancias del campo, soñando con las bendiciones del futuro y riéndose de las penas del pasado. El recuerdo de Miguelito no aparecía por ninguna parte, ni en los hijos de los cuidadores de la hacienda, ni en los infantiles cortadores de café que se topaban en sus largas caminatas campestres. Miguelito había desaparecido de sus almas, de sus vidas y de sus recuerdos. Esperanza había llegado para quedarse.

Un sábado, la esposa de don Diego tuvo que visitar a sus padres y no pudo acompañarlos a la finca. Para no perder la tradición establecida, don Diego viajó solo con su hija. Dejaron las maletas en la casa-hacienda y tomaron el sendero que llevaba a la cima de una colina, desde la que se podía ver el volcán San Cristóbal, en la zona pacífica del país. Don Diego caminaba de la mano con Esperanza mientras ascendía por la suave pendiente, y al hacerlo le enseñaba el colorido de los pájaros y el azul del cielo, un cielo precioso y despejado que los bendecía con su grandeza y con su tranquilidad. Mientras caminaba con ella, volvió a soñar despierto, viéndola como una gran señora, como una líder que sería recordada por mucho tiempo, una mujer que se perpetuaría en la memoria de sus súbditos. Llegaron a la cima de la colina y don Diego señaló el volcán con su dedo. «Mirá Esperancita, ese es el volcán San Cristóbal. ¿Verdad que es lindo?», le preguntó. «Sí, papito», respondió ella. «Y allá está el mar, amorcito. ¿Verdad que es lindo también?», continuó. «Sí, papito», volvió a responder ella. «¿Te acordás cuando venimos con tu mamita la semana pasada y vimos un parajito amarillo y aquellos zorros?», siguió. «Sí, papito, me acuerdo», dijo Esperanza mientras cambiaba de voz y sus ojos se le ponían en blanco a la vez que empezaba a levitar a cincuenta centímetros del suelo. «También me acuerdo cuando hicimos el amor en el cuarto de Miguelito un día como hoy cuando la puta de tu esposa estaba donde su mama. Y recuerdo como pataleaba ese chavalo de mierda cuando lo ahogué en la tina. Se puso moradito, moradito el mocoso hijueputa. Y ahora, como prometí, estamos juntos bajo el cielo y las montañas verdes, bajo el cielo y las montañas verdes, bajo el cielo y las montañas verdes, dentro y fuera del Infierno», dijo Esperanza con una voz cavernosa, mientras tomaba del cuello a don Diego


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