lunes, 8 de febrero de 2016

ROJO

El hombre miró su propio reflejo en el charco de agua que languidecía junto al cordón de la vereda. Alzó la vista hacia el cielo nocturno y volvió a mirar hacia el piso. El viento se levantaba y el hombre se arropó dentro de su sobretodo levantando sus solapas. Suspiró y sacó un cigarrillo de un bolsillo interior. Lo prendió con indiferencia dando una primera pitada larga. Miró el reloj y, luego de esperar unos segundos, comenzó a andar hacia una calle lateral.
En el interior del departamento, ella espera con impaciencia. Se habían citado a las nueve de la noche, y el tipo llevaba tres horas de retraso. Había pasado por varias etapas en su estado de ánimo a medida que las horas pasaban y pasaban. Ahora está preocupada, quizás le haya pasado algo, con todas las noticias que circulan sobre ese asesino misterioso. Corre la cortina costosa y vuelve a mirar por la ventana, la calle está mojada pero ya paró de llover. Ella recuerda como, hace dos horas y media la lluvia caía como una catarata en el cielo ennegrecido. La mujer mira por la ventana y lo ve esperando para cruzar la calle. Sonríe casi aliviada mientras él cruza sus ojos con los de ella desde la vereda de enfrente.
El hombre levanta la vista y mira a la mujer asomada a la ventana, esperándolo con impaciencia. Sonríe para sus adentros y cruza la calle, su sobretodo de $2500 se moja con la salpicadura de un charco. La puerta de calle se abre...

La dama logró verse en el espejo aun con la poca luz de que disponía. Recorrió con la mirada sus labios y su pelo que caía por entre sus hombros como una cascada roja. Un último retoque antes de que su amante entrara por la puerta que estaba a sus espaldas. Estaba pasando el rouge rojo sobre sus labios carnosos y no oyó la puerta que se abría por detrás suyo, y apenas escucho el puñal que cayó hacia su espalda desgarrándole la piel y haciendo salpicar de sangre sus omóplatos, el líquido rojo manchó la alfombra persa. Los ojos muertos de la mujer aun contemplaban el espejo con sorpresa. El hombre sacó el cuchillo del cuello y lo limpió en un pañuelo blanco que dejaría en la escena del crimen. Luego abrió su piloto y saco la cámara de fotos. Acomodó el cuerpo inerte en la silla y le sostuvo el cuello para que mirara directamente al espejo. Luego apretó el botón de la cámara y el flash llenó toda la habitación de color blanco, y el rojo de la sangre siguió fluyendo hacia la mesa y el suelo, en un torrente lento y perezoso.

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