domingo, 10 de agosto de 2014

LA SALSA AMERICANA


(alberto granados)

La abuela saludó con impaciencia al cartero, que aparecía en la aldea
tres veces por semana. El pueblo era pequeño, y el volumen de correspondencia
no justificaba tener abierta una oficina de correos.
—¡Hola, Mariano!, ¿cómo va todo? ¿Esta vez tengo suerte?,
—alzó la voz la anciana desde la entrada de su vivienda.
—Pues sí, hoy tiene suerte, señora Antonia; además se trata
de un paquete de su sobrino americano —le contestó el cartero
mientras descendía del todoterreno que utilizaba para el reparto.
—¡Hay que ver cómo es este muchacho!, siempre enviando
cosas. La última vez me llenó una caja con paquetes de galletas de
diferentes sabores, no te puedes imaginar el atracón que me di,
—dijo la anciana aproximándose.
—Bueno, y ¿cómo anda la familia? ¿Hace mucho que no ve a
sus hijos? —quiso saber amablemente el cartero.
—Un tiempecito ya, pero este fin de semana vienen todos a casa,
les estoy preparando una comida especial. —La abuela rebosaba
alegría. Viendo su semblante no cabía duda de que se sentía feliz.
—¡Qué envidia que me dan! Un día de éstos me tengo que
quedar a comer con usted porque me da que hace una comida impresionante.
¡Vaya hambre me está entrando! ¡Así que me voy, señora
Antonia! ¡Hasta el lunes! —El cartero hizo un ademán de despedida,
se subió al vehículo y arrancó.
—¡Adiós, hijo! ¡Que pases un buen fin de semana y ten mucho
cuidado con el coche!
La señora Antonia entró en la vivienda y procedió a desembalar
el paquete. Dentro sólo encontró un bote de cristal con unos
polvos de color grisáceo. Giró el bote, lo contempló por todos los
lados y no encontró ninguna descripción.

—¡Este chico!... ¿Qué serán estos polvos? Seguro que alguna
especia americana. Probaré a echarlos a las albóndigas de mañana;
los chicos se van a chupar los dedos.
Al día siguiente, la casa de la señora Antonia era un hervidero
de gente. Habían acudido sus tres hijos con sus respectivas mujeres
acompañados por una cuadrilla de nietos tan numerosa, que no
era capaz siquiera de recordar el nombre de cada uno.
—¡Uhmmm! ¡Siempre huele genial en tu cocina, mamá! ¡Se
me hace la boca agua! —le dijo Alberto, el mayor de sus hijos.
—Tú, que eres un glotón y todo lo que guiso te gusta. —Antonia
se sentía orgullosa de esa mano tan especial que tenía para
la cocina.
—¡Vamoooossss! ¡A comeeeeer!
Aquel entorno se había transformado en una especie de cuartel
alocado. Todos comenzaron a acomodarse como pudieron, y
después de las ensaladas, los embutidos y las verduras, aparecieron
las humeantes albóndigas.
—¡Uhmmm! ¡Esto está de cine mamá! —Alberto, el más locuaz,
se erigió en portavoz de la familia, los demás se limitaban a
asentir—. Pero digo yo... ¿les has puesto algo nuevo? ¡Saben de forma
diferente!
—¡Desde luego que sí! —dijo la madre orgullosa— ¡no se te
escapa una! Les he puesto una especia que me ha enviado vuestro
primo desde América.
—¿Y qué clase de especia es? ¿De la zona de donde él vive?
—dijo Alberto, intrigado.
—No lo sé, cariño. En el paquete que recibí ayer sólo venía el
tarro, no encontré nada más, ninguna carta.
La familia dio buena cuenta de toda la comida. Después llegaron
la tarta, el café, los licores. Sentados en el salón, prolongaron
la tertulia hasta que la noche se hizo presente. Sólo entonces la
casa comenzó a quedarse vacía.
—Bueno, mamá, hasta pronto. ¡Gracias por todo!, Ya hemos
visto que sigues siendo la mejor cocinera del mundo. Cuando lleguemos
a casa te llamamos. ¡Cuídate!
Cuando se fueron todos, Antonia recogió la cocina y guardó
las albóndigas sobrantes; pensaba darle una sorpresa el lunes al cartero.
Siempre que encontraba una oportunidad, éste le recordaba
las ganas que tenía de probar algún guiso suyo, y ése en particular
le había salido exquisito.Como todos los lunes, Mariano hizo sonar el claxon de su todoterreno.
Hoy había tenido una mañana muy complicada, por lo
que la entrega se había demorado hasta casi el mediodía. Era el momento
de la comida.
—¡Señora Antonia! ¡Carta de Estados Unidos!
Antonia esta vez lo hizo pasar y sentarse a la mesa.
—¡No quiero excusas! Hoy te comes un plato de albóndigas
que he preparado con todo mi cariño, y además te van a sorprender,
porque las he aderezado con el bote de especias que me envió
mi sobrino desde América. Le han dado un gusto diferente, pero
te aseguro que están exquisitas.
—¡De acuerdo! —en el fondo el cartero se sentía en la gloria—.
Con su permiso, llamo a casa y le digo a mi mujer que no me
espere.
Mientras el cartero disfrutaba con las sabrosas albóndigas, la
anciana comenzó a leer en alta voz la carta con membrete de una
firma desconocida de abogados.
Querida señora:
Nos ponemos en contacto con usted con la ingrata tarea de
informarle del fallecimiento de su sobrino Andrés Jimeno tras
un fatal accidente de tráfico.
Tal y como era su deseo le hemos enviado un recipiente con
sus cenizas para que las esparzan por el pueblo donde nació
y vivió.
No obstante, nos pondremos en contacto con usted y su
familia en unos días para hacerles saber la lectura del testamento.
Sin más, aprovechamos la ocasión para expresarles nuestro
más sincero pésame junto con un cordial saludo.
Firmado: Juan Antonio Fonseca y Diez
Abogado de Fonseca & Smith
El rostro de ambos cambió del embobamiento al horror. Mariano,
con la mano en la boca, intentó llegar al cuarto de baño
pero no lo consiguió y vomitó en pleno pasillo. La anciana cayó
desplomada en el sofá.
Una vez recuperaron el aplomo, y las náuseas y turbaciones
cesaron, acordaron tácitamente no revelar a la familia de la señora Antonia lo acontecido, a fin de que no tuvieran que soportar el
trauma que podría acompañarles el resto de sus vidas.
Como es de suponer, ninguno de los dos volvió a degustar
jamás un guiso con albóndigas.


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