miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL PARAGüERO







1918 significó para los victorenses un año de calamidades, penurias y peste. Además de los pleitos políticos entre los generales carrancistas Luis Caballero y César López de Lara, el mes de octubre azotó a la capital tamaulipeca una epidemia de Influenza Española que no respetó la vida de miles de personas.
En aquella época ejercían su profesión en la ciudad los doctores Felipe Pérez Garza, Antonio Valdés Rojas, Raúl Manautou y Praxedis Balboa, además del homeópata Manuel Gómez, quienes con el riesgo de contagiarse, a cualquier hora, respetando al pie de la letra el juramento de Hipócrates recorrían los barrios más humildes o del centro de la ciudad atendiendo enfermos desahuciados.
Las Boticas Central, La Plaza del doctor Luis Jakes y la del profesor Arturo Olivares, surtían con eficacia las Pastillas de Sulfato de Quinina, para fiebre y dolores, ayudando a los infectados a bien morir.
Eran tantos los fallecimientos, principalmente entre la clase más pobre y desprotegida, que la presidencia municipal contrató un carromato tirado por una mula, mejor conocido como la Pirulina. El vehículo tenía descubierta o al aire libre la parte posterior, de tal manera que un cochero de nombre Paco, con la ayuda de otros empleados de salubridad, amontonaba los cadáveres sobre la plataforma trasladándolos al cementerio del Cero Morelos, para que fueran sepultados en una fosa común de grandes dimensiones.
Se platica que en esa época de contaminaciones sanitarias llegó a Ciudad Victoria un extraño personaje vestido con un gabán viejo, sucio, deshilachado y lustroso, similar a un abrigo corto o un saco largo. Se trataba de un hombre corpulento de edad madura, piel blanca, barba pelirroja, dentadura amarillenta, ojos borrados y acento extranjero, más bien europeo.
Alguien corrió la voz sobre su apodo, y pronto fue conocido en todo el pueblo como El Húngaro, pues se comentaba que venía huyendo de los estragos de la Primera Guerra Mundial. Su mirada era escurridiza, denotando un marcado delirio de persecución. Sin embargo, nunca se conoció su nacionalidad o procedencia, ni siquiera la edad o su nombre.
Deseaba pasar de incógnito, pero era común verle en el centro de la ciudad por el rumbo del mercado Argüelles, la estación de ferrocarril, el barrio de Tamatán o recorriendo la población casa por casa, ofreciendo sus servicios como hábil restaurador de paraguas; por lo que considerando lo exótico del oficio la gente también le apodaban El Paragüero.
Andando el tiempo, cierto día circuló el rumor que El Húngaro había muerto e incluso algunos afirmaban haber visto su cadáver en el carruaje fúnebre de Paco. El caso es que todo mundo lo dio por muerto y como no tenía familia, nadie tuvo la bondad de reclamar sus restos para darle cristiana sepultura. Pero el asunto no quedó ahí, cuando todo parecía olvidado, la madrugada del día siguiente quienes lo conocían recibieron una gran sorpresa, porque unas personas descubrieron al Paragüero almorzando menudo y café caliente  en una de las fondas del Mercado.
La noticia de la aparición se difundió rápidamente entre los madrugadores, y como era de esperarse muchos curiosos se acercaron a él pensando se trataba de algún fantasma. Algunos incrédulos tocaron su cuerpo y admirados le hacían señas formulándole preguntas para cerciorarse si efectivamente era el reparador de paraguas que siempre andaba por las calles del centro o en el mejor de los casos se trataba de alguien parecido.
El, sin pena ni gloria, castigando el idioma español, discretamente narraba a quien deseara escucharle que efectivamente, durante la madrugada se percató que estaba en el Panteón Municipal del Cero Morelos, debajo de brazos, piernas y cabezas de verdaderos muertos; pero quitándoselos de encima, asustado, salió de estampida brincando la barda del cementerio hasta llegar corriendo a la fonda donde lo descubrieron. 
Confesó a los curiosos que padecía ataques catalépticos, y que el tal Paco, al encontrarlo inconsciente tirado en plena calle lo consideró muerto a consecuencia de la Gripe Española procediendo a subirlo al carruaje, de tal suerte que los sepultureros estaban muy cansados esa noche, por lo que decidieron dejar pendientes varios cadáveres para enterraros por la mañana, y gracias a esa circunstancia salvó la vida.
En plena epidemia de Influenza Española, el doctor Felipe Garza inició los trabajos para la construcción de su casa ubicada en la esquina de la calle Matamoros y 11. Una vez terminada la enorme mansión ordenó a los albañiles instalaran en la parte superior de la puerta principal, un herraje con las iniciales de su nombre y apellidos FPC.
Uno de esos personajes de la picaresca victorense que abundan en cualquier ciudad, comentó jocosamente que las letras significaban: F (fue), P (pura), G (gripe); refiriéndose a la bonanza económica que logró el doctor atendiendo enfermos durante la epidemia, y gracias a eso pudo levantar su residencia.


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