lunes, 19 de septiembre de 2011

JUGANDO A LA ESCONDIDA


Hacia principios del año de 1900, en la esquina de las calles Bulevar Artigas y Rodó de Montevideo(Uruguay) –sitio en que actualmente se encuentra la Torre de los Caudillos y dónde alguna vez funcionara la Feria de Libros y Grabadoshabía una casa majestuosa, todo un icono de la época. Estaba construida según un cierto estilo colonial inglés y poseía tres pisos, dos altillos elevadísimos que asemejaban torres, un
sótano en que funcionaba la bodega, y también un desván en que se amontonaban los objetos más estrafalarios. Nada cuesta imaginarla también repleta de rincones, de amplias habitaciones, de infinitos pasillos y puertas, de escaleras con descanso y arañas de candelabros y de muebles antiguos. Una
casa, en general, espaciosa, pero que envuelta en las sombras de la noche adquiría un matiz levemente siniestro. Pues bien, esta casa fue demolida, aunque permanece viva en la memoria de las voces anónimas de Montevideo unida a un relato mágico que los habitantes de la ciudad no se resignarán a olvidar.
Dicen que durante muchos años vivió en este edificio una familia de aquella vieja burguesía montevideana
sobresaliente, elegante, de la que hablan con orgullo nuestros abuelos. Estaba compuesta por un matrimonio y su hijo. Se cuenta que esta familia poseía mucho dinero y que estaba conectada con los más selectos círculos sociales de la época. El hijo, en especial, parecía tocado por la vara del destino. Era una verdadera promesa, el preferido de la familia. Por ser sumamente talentoso y emprendedor era la mano derecha de su padre en los negocios, como así también el futuro heredero del imperio que estaba ayudando a construir. Y como además de lo anterior era también muy apuesto, se trataba de uno de los solteros más codiciados de la ciudad. Curiosamente, sin embargo, el muchacho eligió como compañera de su corazón a una joven sobre la que versaba alguna polémica. Cierto es que se trataba también de una joven aristócrata, hija de una familia adinerada y bien ubicada en la sociedad y que tenía además a su favor el ser verdaderamente hermosa, alegre y extrovertida. No obstante, algunos rumores aseguraban también su justa fama de bohemia, y se encargaban de señalar que había realizado algunas acciones un poco reñidas con la conducta inmaculada que se esperaba de una mujer en aquella época. Incluso llegó a comentarse que tenía un amante o, en todo caso, un hombre con el que guardaba una relación demasiado cercana. Un trotamundo o un muchacho un poco
más pobre, que la jovencita frecuentaba en secreto. Nunca se supo del todo si el muchacho en verdad estaba enamorado de aquella mujer o si sólo lo hizo para generar lazos y vínculos con otras familias poderosas, pero lo cierto es que, más allá de los rumores de supuestas traiciones que circulaban, decidió tomarla como su esposa. Y como ella, por su parte, no podía rehusar el casamiento con el rico aristócrata
a cambio de un perfecto don nadie, no tuvo más remedio que aceptar las nupcias por conveniencia y adoptar el apellido que le imponían. El casamiento se llevó a cabo, en definitiva, y para celebrarlo como la ocasión merecía, los respectivos parientes de la pareja organizaron en las instalaciones de la casa del novio
una fiesta.



Fue una fiesta majestuosa. La casa, ya de por sí formidable, se vistió aquella vez con sus mejores galas para recibir a las más selectas y prominentes familias de la aristocracia de Montevideo. Los invitados concurrieron a la ocasión portando sus mejores atuendos, los hombres con trajes elegantes y las señoras con costosísimos vestidos de fiesta. Bailaron toda la noche al son de los acordes de la música, y brindaron por la felicidad de la pareja, siempre en un clima muy animado. En determinado momento de la noche a alguno de los invitados se le ocurrió que no sería mala idea jugar a “La Escondida”. El hecho no tiene nada de sorprendente; muy por el contrario, era común en aquellas fiestas de sociedad que, además de orquestas en vivo y bailes colectivos, se organizara algún tipo de juego entre los más jóvenes, sobre todo entre las jovencitas solteras. En tal sentido, jugar a la escondida era una de las diversiones más frecuentes. Hay que agregar a esto que,
dadas las características de la casa, en aquella ocasión el juego no sólo podría haberse desarrollado sin molestar a nadie, sino que también habría ganado en emoción. Era aquella, en efecto, una casa muy grande, donde no era difícil perderse, y con seguridad los sitios para ocultarse que había en ella se multiplicaban tanto como las posibilidades de diversión. Ocurrió lo de siempre: alguien cerró sus ojos y se puso a contar, mientras los demás corrieron a buscar sus respectivos escondites. Estuvieron un buen rato divirtiéndose de aquella manera, hasta que ocurrió un acontecimiento muy extraño: la novia desapareció. Al principio nadie tomó ese hecho muy en serio pues se creyó que la joven simplemente había hallado un buen sitio para ocultarse y que si persistía en él por un tiempo un poco más largo de lo acostumbrado no lo hacía sino como
una forma de broma. Pero como el tiempo siguió pasando y por mucho que la buscaron esta joven seguía sin aparecer, la inquietud comenzó a ganar el ambiente. La fiesta fue interrumpida, y pronto comenzaron a buscar a aquella mujer no sólo los jóvenes que en principio estaban involucrados en el juego, sino también el resto de los invitados. Todas las luces fueron encendidas, y la gente deambulaba por los pasillos de la casa repitiendo el nombre de la novia a los gritos, tratando de llamar su atención. Pero a pesar de los afanosos esfuerzos, siguieron buscándola toda la noche, y cuando ya comenzaba a despuntar el sol todavía no la encontraban. Cuando por fin se llegó a la conclusión de que la muchacha había desaparecido, las peores sospechas comenzaron a tejerse en torno de la situación. Entre otros rumores maliciosos, corrió la noticia de que la muchacha había esperado precisamente la noche de bodas para huir con su amante, dejando poco menos que plantado a su esposo en el altar y escapando con impunidad a la vista de toda la sociedad montevideana, para hacer aún más notorio el escándalo. Una forma terrible de venganza contra
quella unión a la que estaba siendo forzada y que en el fondo no había deseado. Pero éste y otros rumores quedaron en el campo de las conjeturas, pues a decir verdad no se encontró ningún rastro de la joven ni mucho menos de aquel supuesto amante del que se hablaba. Luego de un lapso de tiempo prudencial, los rumores comenzaron a acallarse y casi nadie volvió a ocuparse del asunto. Pero la familia del muchacho continuó experimentando una vergüenza muy dolorosa. Todas las miradas de la alta sociedad de Montevideo recaían inquisidoramente sobre ellos. Para el muchacho fue especialmente dura de sobrellevar. Dicen que casi llegó a perder el juicio por lo ocurrido, y que como la situación se presentaba tan traumática su familia decidió costearle estudios en Europa, con el propósito de alejarlo de un entorno que sólo podría traerle recuerdos desagradables y estimular más aún su melancolía. El muchacho, todavía muy contrariado, aceptó el convenio, y permaneció en Europa por varios años. Y como terminó allí su carrera y comenzó también allí a dar sus primeros pasos como profesional, a la postre se quedó a vivir en el Viejo Continente. Pero en determinado momento las vueltas del destino quisieron que aquel muchacho, ya todo un hombre, tuviera que
regresar al Uruguay. Su padre había fallecido hacía poco rato, y él tenía que encargarse de los trámites de sucesión hereditaria de su patrimonio. Aquello fue para el joven como regresar al sitio de un largo sueño. El dolor profundo que anidaba en su alma por toda la vergüenza sentida un poco había aflojado; pero también es cierto que en cualquier sitio a dónde dirigiera sus ojos se le presentaba la ocasión de revivir muchos momentos amargos. La contemplación de cualquier objeto lo sumía en una profunda tristeza. Particularmente emotivo para él, en tal sentido, debió haber sido el verse en la necesidad de regresar a la casona en que se había celebrado la fiesta de su fallido matrimonio. Mientras algunos obreros contratados comenzaban a cargar en el camión de la mudanza todos los objetos que había en aquella casa para trasladarlos hacia una nueva residencia, el hombre repasaba con su mente, uno a uno, los recuerdos que atesoraban aquellas viejas paredes y aquellos viejos muebles. Muchas imágenes se cruzaron en su mente, en especial las del momento de la fiesta en que todavía creía que el futuro lo encontraría feliz junto a la mujer que amaba. Y estuvo así
ensimismado durante mucho rato, hasta que por fin uno de los obreros que llegó a pedirle que vaciara el contenido de un baúl que se encontraba en el altillo de la casa, y cuyo peso desmesurado dificultaba el descenso por las escaleras, lo sacó abruptamente de sus pensamientos El muchacho subió en forma desganada al altillo, pensando que con ello daría por finalizada una larga jornada de malos recuerdos. Ahora bien, lo que nunca hubiera podido llegar a imaginarse, siquiera en sus sueños más atroces, fue que al abrir la tapa del baúl la sorpresa iba a ser más grande que el horror: dentro del mismo, y hecha ya un esqueleto,
estaba aquella joven que alguna vez fuera su novia, todavía portando su vestido de fiesta y todavía esperando que alguien la encontrase. Tal parece que la mujer, jugando a “la escondida”, se había
ocultado en un baúl que trancaba automáticamente al cerrar y que, al no poder salir de él por sus propios medios, había muerto por asfixia

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