viernes, 17 de septiembre de 2010

DIABÓLICA BELLEZA



Diabólica belleza



Las apariencias engañan...


Mireya la bruja del pueblo, realizaba una lectura de cartas a una de las mujeres del pueblo. Después de haber finalizado con la sesión, se dirirgió a su habitación. La joven contemplaba su esbelta y delineada figura en un pequeño espejo; se quito la pañoleta atada a su cabello, dejando caer su larga cabellera.

Ella había seguido el patrimonio familiar: ser una bruja. No tardo en darse cuenta que era muy joven y tenía una vida por delante. Observó detenidamente el pequeño portaretrato de su progenitora.

Lo siento madre, dijo a modo de disculpa, mirando los ojos de la figura de la foto pero yo ya no quiero seguir con ésto.

Se acercó al altar del Maligno ,venerado por todas las generaciones de Mireya. Las ceras que antes eran regularmente encendidas, ahora fueron apagadas; el cuadro con el rostro del Maléfico fue volteada boca abajo. La chica optó por no seguir adorándolo para tener una vida nueva.

Se encargó de desechar sus vestimentas holgadas y largas, para dar paso a prendas modernas y provocativas.

Se tiñó de rubio el cabello; por primera vez aplicó el maquillaje a su rostro. Expulsó de su casa, los objetos de su adoratorio y salió a caminar en el pueblo.



Al verla, los habitantes no podían dar crédito a sus ojos. Lujuriosas miradas con deseos sexuales admiraban su bien torneado cuerpo. Otros ya sabían quien era y decidían esquivarla. No obstante, las envidias se levantaban, pero también el temor de saber que se trataba de una bruja.



Pasaron los días, arribó a la pequeña comunidad un acaudalado y apuesto heredero de una de las pocas haciendas, llamado Eduardo. Tan sólo ver a Mireya, quedo prendado de la joven y ella de él. Así inició una amorosa relación.

Solamente podían verse en la noche, ésto extrabaña a la chica y había decidido preguntarle a su amado. El se negó a contestarle. Cuando se frencuentaban, al estar junto a Eduardo, ella no podía evitar tener fuerte escalofrío en todo su cuerpo, sin embargo, no le prestaba la menor atención al asunto. Además, sentía que ya conocía a su novio desde hace mucho tiempo...

La pareja continuó viéndose. Al caer nuevamente la noche, una pesada bruma invadía por completo las calles. Los novios caminaban de forma tranquila sobre la plaza, al paso de ambos, se dejaba escuchar los intensos aullidos de los perros. Eduardo se detuvo.

Mireya, sólo quiero decirte esto exclamó el hacendado sosteniendo firmemente la mano de su amada.

La joven no dejaba de temblar, los ladridos la habían inquietado. De repente, el rostro de Eduardo ¡se deformaba a las facciones de un demonio!, la sorpresa fue mayúscula para Mireya al darse cuenta que se trataba de su amo, el señor de las tinieblas. El había regresado en forma de ese hacendado para cobrarle el descaro de haberlo abandonado.

¡Nunca debiste haberme dado la espalda!, le reclamó el diablo escupiendo un hedor a azufre al rostro de la bruja ahora, prepárate para recibir tu condena.

Mireya intentaba zafarse de las garras del demonio; sus esfuerzos fueron en vano. Satanás posó una mano sobre el rostro de la chica, quien comenzó a gritar de dolor al sentir como le quemaba la cara. Finalmente, pudo liberarse y se alejó corriendo, mientras retumbaba en sus tímpanos las sonoras y burlescas carcajadas de Satanás.



El diablo había cobrado el rechazo deformando el rostro de Mireya, para que nadie vuelva a fijarse en ella, jamás se volvió a saber de esa chica. Pero los moradores cuentan, que muchos hombres han seguido a una atractiva dama recorriendo la plaza en horas nocturnas, cuando la ven de enfrente, huyen despavoridos al descubrir una cara totalmente calcinada...

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