martes, 11 de julio de 2017

EL SEÑOR POLO



Es domingo, y te despiertas bien temprano para ir a recibirlo a la puerta, porque sabes que él es muy puntual. Apenas tienes cinco años y recién estás aprendiendo a leer y a escribir, pero aun así sabes que a las nueve en punto de la mañana él llega como todos los domingos. Y siempre viene.1

No eres la única que sabe que él vendrá; todos tus amiguitos del barrio también van a la puerta del jardín de sus respectivas casas y miran hacia donde empieza la calle, esperando que aparezca doblando en la esquina. Te levantas de la cama, te vistes tan rápido como puedes y corres a la cocina para desayunar. Te sientas en la mesa sin saludar al resto de la familia; pero no importa, ellos saben que todos los domingos por la mañana estás con la cabeza en otro lado. Tomas la leche con galletas sin despegar los ojos del reloj de la pared que marca las 8:55 a.m. Mejor apurarse, él es muy puntual. Él. El Sr. Polo. Tú y todos tus amiguitos lo llaman así. El Sr. Polo, el vendedor de los helados más ricos de todo el barrio. El hombre más simpático y divertido que cualquier chico podría llegar a querer. Los chicos lo quieren tanto como él a los chicos, y eso es porque no existe en el mundo heladero con sonrisa más radiante.

¿Qué es eso? ¡El motor! ¡Ese inconfundible motor! Escuchaste muchos motores en tu vida, pero el de la camioneta del Sr. Polo lo reconoces enseguida. Se te abren los ojos más de la cuenta y miras a tu mamá; ella te sonríe comprensivamente y te da un billete para que gastes. No dudas ni un segundo en tomarlo, guardarlo en tu bolsillo y salir corriendo al jardín. El día está radiante, desde la puerta se ve muy bien. Se abren las puertas de todas las casas… ¡ahí están tus amiguitos! ¡Todos, al igual que tú, miran sonriendo la esquina, esperando que aparezca la enorme camioneta blanca! Y todos se restriegan las manos, pegando saltitos, sonriendo. Estás nerviosa porque tienes miedo de que se agoten los helados. Sabes bien que el Sr. Polo tiene a montones, pero tienes miedo igual. Y el ruido del motor aumenta… aumenta… De pronto, ¡el sonido de las campanitas! ¡No hay sonido infantil más hermoso que ése! ¡Y empiezas a saltar cada vez más ansiosa porque las campanas también se acercan! Finalmente, ahí está. Por fin dobla en la esquina la enorme camioneta blanca, y tú y tus amigos empiezan a gritar de alegría.

El Sr. Polo se ve a través del cristal con su rebosante y amable sonrisa, sacando la mano por la ventanilla para saludar a los nenes que comienzan a correr junto a la camioneta. Avanza unos metros y el vehículo se detiene. Antes de que el gordo heladero baje con su habitual uniforme blanco, ya tiene toda la camioneta rodeada de niños. ¡Y qué haces ahí parada! ¡Te vas a quedar sin lugar! Corres a la calle y te unes a la multitud de niños que no para de gritar, sacudiendo el dinero en las manos para ser los primeros en ser atendidos. Sacas el billete y te sumas a los gritos de saludo dedicados al Sr. Polo. Éste, sin dejar de saludar, empieza a trabajar, haciendo el mismo procedimiento que hace todos los domingos: abrir las diferentes puertas que tiene a los costados de la camioneta, tres de un lado y tres del otro.

Ahí están esos maravillosos helados. Lo que para ti equivale a probar el elixir de la vida. Te pones en la fila mientras el Sr. Polo toma el dinero y abre la puerta correspondiente al helado que uno de los niños elije comer ese día.

¡El sonido de las puertas! CLAP, CLAP CLAP y el Sr. Polo aparece de nuevo por el otro lado de la camioneta. No deja de sonreír. Tu sonrisa también se ensancha cada vez más. La fila se reduce, y en cualquier momento será tu turno. Por todos lados ya se ubican los niños que recibieron su helado, hablando entre ellos, felices, disfrutando, saboreando. Exhibiendo sus hermosos helados de diferentes colores. Dentro de poco estarás igual que ellos. CLAP, CLAP, CLAP, el Sr. Polo abre y cierra puertas, sacando helados de diferentes tamaños, sabores y colores. Desaparece detrás de la camioneta para abrir las puertas del otro lado y aparece de nuevo.

¡Por fin! ¡Es tu turno! Con dedos temblorosos le entregas el billete al Sr. Polo, colocándolo en la enorme palma de su mano. Y sigue sonriendo; es increíble cómo se las arregla para mostrar cada uno de sus blancos y brillantes dientes. Señalas con tu dedito y elijes tu sabor. El Sr. Polo te da la espalda, abre la puerta y la vuelve a cerrar. Se da vuelta de nuevo para entregarte tu enorme helado, que miras con ojos abiertos como platos.

Ni bien entra en contacto con tus manos, comienzas a disfrutar de ese maravilloso postre. Te haces a un lado, completamente feliz, para que tus amigos puedan ser atendidos. CLAP, CLAP CLAP, el heladero aparece y desaparece. Abriendo y cerrando puertas… Sólo que… ¿qué sucede? No puedes evitar notar que de las seis puertas, el Sr. Polo sólo abre cinco. La única que no abre es la que está justo enfrente de ti. El Sr. Polo siempre la pasa por alto; abre la de la izquierda y la de la derecha, pero la de en medio nunca la abre. ¿Por qué? ¿Qué clase de helados habrá ahí? Miras alrededor: al parecer eres la única que nota esa anormalidad. Todos los demás niños están ocupados con sus helados. Vuelves la mirada a esa puerta blanca. CLAP, CLAP, CLAP otra vez, el Sr. Polo aparece abriendo puertas y otra vez pasa por alto la del medio. Te invade la curiosidad. Te acercas poco a poco a la puerta, sin quitarle los ojos de encima. El Sr. Polo vuelve a desaparecer del otro lado de la camioneta, y te acercas más a la puerta. Expectante. Conteniendo la respiración. Es el momento, tienes que aprovechar la oportunidad.

Sin pensarlo dos veces, tomas la fría manija y abres de un tirón. Por un momento sólo ves esa especie de humo frío que sale de las heladeras, y cuando desaparece, al cabo de unos segundos, observas el interior, esperando ver en la fría y blanca caja helados de todos colores.

Pero no hay nada de eso. En su lugar, bien en el fono, está el cuerpecito de una niña con trenzas rubias y un vestidito azul, la piel blanca y fría como el mármol, y pedazos de hielo cubriéndola de pies a cabeza. Sus bracitos y piernas completamente rígidos. No puedes pensar, ni siquiera sabes qué significa esa imagen.

Antes de poder formularte alguna pregunta, una mano enorme se apoya sobre la puerta y la cierra bruscamente. El Sr. Polo se inclina para estar a tu altura, te ve directo a los ojos y, sin dejar de sonreír, te dice algo que sólo tú puedes oír: «Esos no son para ti, esos son para mí». Te sonríe una vez más, se endereza y continúa con su trabajo.2

Y tú te quedas en tu posición, viendo cómo el heladero termina con sus labores. Saluda a tus amigos, les da la mano e incluso se deja abrazar por algunos. Otros observan con ojos envidiosos cuando el Sr. Polo se inclina sobre tu vecinita para abrazarla única y específicamente a ella, de manera tierna y lenta. Qué suertuda. La eligió a ella para abrazarla. El Sr. Polo se para y le pellizca la mejilla cariñosamente, sonriendo, adorándola con la mirada. Le da la espalda mientras los niños agitan felices sus manos. El heladero sube a su camioneta, arranca y el vehículo comienza a moverse lentamente en tanto los niños vuelven a sus respectivas casas. El motor y las campanitas se pierden en la distancia, pero el Sr. Polo va a volver el próximo domingo, anunciando su llegada con esa musiquita, y quizás vayas a recibirlo nuevamente con todos los demás, saltando y gritando de alegría, viendo cómo CLAP, CLAP, CLAP abre y cierra puertas con su enorme sonrisa. Pero la puerta del medio no la abre nunca

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