viernes, 15 de abril de 2016

LA PRISION DE STANFORD






Zimbardo era un psicólogo que había compartido clase con Stanley Milgram, conocido por su experimento de obediencia, en el que se utilizaban descargas eléctricas cuando un estudiante contestaba mal una pregunta. Él estaba interesado en expandir la investigación de su compañero, y así poder entender cómo influían las variables situacionales en el comportamiento humano. En el experimento se quería ver cómo los participantes reaccionaban en un entorno que simulaba una prisión. Zimbardo quería saber si personas que eran “buenas” podían seguir siéndolo en un entorno de maldad, y cómo los roles que una persona debe cumplir influyen en su comportamiento. Se estableció un simulacro de prisión en el área de psicología de la universidad de Stanford, y se seleccionaron 24 estudiantes para cumplir los roles de prisioneros y de guardias. Fueron elegidos de entre 70 voluntarios ya que no tenían antecedentes penales, problemas psicológicos ni médicos. Se les pagaban quince dólares por día, y el experimento duraría entre una y dos semanas. Las celdas de la prisión eran pequeñas, y albergaban a tres prisioneros cada una. Los guardias tenían habitaciones individuales, había una única sala de confinamiento y un pequeño patio. Se eligió a prisioneros y guardias al azar: los prisioneros permanecían allí todo el día, mientras que los guardias trabajaban en tres turnos de ocho horas y podían volver a sus casas tras su jornada. Para ver su comportamiento se utilizaron cámaras y micrófonos escondidos. A los prisioneros se los arrestó de forma real en sus casas y llevados a la policía. Ya en la cárcel, el proceso de deshumanización comenzó con uniformes, sin objetos personales y con un número que los identificaba en lugar de su nombre. Los guardias tenían su uniforme –que incluía lentes oscuros para que fuera imposible el contacto visual– y no tenían permitido ningún tipo de violencia física. Aunque el experimento iba a durar dos semanas, lo cierto es que al sexto día se puso fin, debido a lo que estaba sucediendo en los participantes: los guardias comenzaban a comportarse de forma abusiva, mientras que los prisioneros sentían estrés y ansiedad. Aunque los guardias y prisioneros podían interactuar como quisieran, se dieron actitudes deshumanizadas y hostiles por parte de los guardias: insultos, órdenes sádicas, tareas deshumanizantes; mientras que los prisioneros comenzaban a ser pasivos y deprimidos: hablaban de cuestiones penitenciarias la mayor parte del tiempo, se contaban cuentos el uno al otro, y se tomaban las reglas de la prisión muy en serio, como si de eso dependiera su vida. Mientras los prisioneros se volvieron cada vez más dependientes, los guardias eran más y más despectivos. Con el paso de los días, los prisioneros buscaban agradar a los guardias cada vez más. Cinco de los prisioneros dejaron antes el experimento, ya que sufrían de ansiedad y lloraban todo el tiempo. Muy pocos tuvieron la fortaleza de seguir comportándose normalmente. El propio Zimbardo, que actuaba como el director de la cárcel, perdió el norte y no tuvo en cuenta los comportamientos abusivos hasta que la estudiante Christina Maslach puso objeciones al experimento. El psicólogo llegó a la conclusión de que las situaciones que pasa una persona pueden marcar profundamente su comportamiento. Además, que las personas se adaptan rápidamente a sus roles y se preocupan por cumplirlos, especialmente si están relacionados con el poder



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