miércoles, 25 de febrero de 2015

EL DUENDE DE LA LAGUNA

Buenas noches moradores del ático hoy os traigo una emocionante historia de terror poneos cómodos y disfrutad de ella.




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viernes, 6 de febrero de 2015

LA ULTIMA NOVATADA




(Alberto granados)


—Un, dos... un, dos... un, dos...
El sargento marcaba el paso autoritariamente y todos los
reclutas lo acompañábamos, poniendo mucha atención para no
cometer ninguna equivocación. La semana estaba siendo especialmente
dura porque los veteranos no dejaban de molestar e importunar
con sus inaguantables novatadas. Yo ya había padecido
unas cuantas, aunque por suerte no fueron muy macabras; la peor
parte la llevaba Gerardo, el buenazo de la unidad, un gigantón con
un corazón que no cabía en su pecho, y que aguantaba estoicamente
una broma tras otra.
Después de la instrucción nos dirigimos rápidamente hacia las
duchas. Teníamos que estar listos lo antes posible. Eso significaba
más tiempo para disfrutar en la cantina. Cuando nos disponíamos
a marchar algunos veteranos se acercaron a nuestro grupo. La cosa
no pintaba nada bien.
—Venga, Gerardo, vente a dar una vueltecita con nosotros
—le ordenaron amenazantes.
—¡Dejadle tranquilo! ¡Ya está bien, no paráis de hacerle cosas!
—les increpé indignado a riesgo de que se ensañaran conmigo.
—¡Tú cierra el pico, recluta, o serás el próximo! —amenazaron.
Parecían hampones dispuestos a cualquier cosa. Gerardo, para
que la sangre no llegara al río, intentó calmarme:
—¡Tranquilos amigos, no pasa nada, estaremos de vuelta en
un ratito!
Los veteranos lo montaron en un Jeep y lo condujeron con los
ojos vendados a un pabellón vacío. Al parecer le tenían preparada
una buena novatada. Uno de ellos, entre lágrimas y con la voz temblorosa
me lo relató horas después:
—Gerardo —le dijeron—. Vamos a ver lo valiente que eres y
de lo que eres capaz. Te voy a hacer un corte en la muñeca y te
sacaremos un poco de sangre, aguanta como un hombre y será la
última broma que te hagamos. A ver, chicos... ¡El cuchillo y un
cubo para recoger la sangre! Todos nos miramos y aguantamos la
risa. Gerardo, con los ojos tapados, estaba muy angustiado, no sabía
muy bien lo que estaba sucediendo. Le tumbamos en una gran
mesa y le atamos fuertemente. Él forcejeó para liberar su brazo,
pero no fue posible, estaba bien amarrado. Su cara comenzó a ponerse
morada por el esfuerzo. Una mordaza le impedía gritar. Pusimos
el cubo bajo su brazo y, como en otras ocasiones, el cabo deslizó el
canto de un cuchillo por la muñeca del aterrado chaval haciéndole
creer que le producíamos un corte perfecto. Uno de nosotros ya
tenía el agua caliente preparada y se la empezamos a echar sobre la
muñeca... ¡Gerardo se revolvía como un cochino al escuchar cómo
goteaba sobre el cubo lo que él creía su sangre! A continuación, con
un dosificador fuimos vertiendo gota a gota el agua sobre la muñeca
de tu amigo. ¡Lo habíamos hecho tantas veces!... ¡Bueno, Gerardo,
en un rato volvemos! ¡Aguanta y será la última vez! Nos
marchamos, dejándole allí solo, amordazado y con los ojos vendados,
pensando que se desangraba poco a poco. Nos dio tiempo a
tomarnos dos o tres botellines. Cuando regresamos Gerardo estaba
quieto.
A cada frase el veterano se veía obligado a detenerse para limpiarse
las lágrimas que ya salían a borbotones. Narraba el suceso
realmente emocionado.
—¡Venga, chaval, prueba superada! —le dijimos para tranquilizarle.
Nuestras carcajadas se podían oír desde muy lejos.
—¡Vamos, grandullón, ya te habrás desangrado! —dijo el cabo.
Pero Gerardo seguía inmóvil. El cabo se puso inquietó:
—¡Este cabrón se ha quedado roque!, se va a enterar.

Pero al quitarle las ataduras descubrimos que Gerardo... ¡estaba
muerto! El resto ya lo conoces: el forense ha dicho que fue un
ataque al corazón, al parecer sufría una malformación desde pequeño.
Estamos a la espera de que un jurado militar dictamine si
hay culpa o se trató de un accidente. Pero sea como fuere, te puedo
asegurar que jamás volveré a dormir tranquilo.



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