lunes, 11 de agosto de 2014

ANUNCIO MORTAL





(Guillermo Lockhart.)

Esto le sucedió a mediados de la década del setenta a Juan, un hombre que trabajaba en la fábrica de cerveza Norteña, una empresa sanducera que hace algunos años dejó de funcionar.

Juan cumplía turnos rotativos, por lo que realizaba su jornada laboral de mañana, de tarde o de noche. Cuando aquello terrible ocurrió, aquel día, le tocaba entrar en el horario nocturno, más precisamente a las tres de la madrugada.

Esa noche, Juan salió de su casa hacia la fábrica cervecera, como tantas veces lo había hecho, y comenzó a caminar las seis cuadras que lo separaban de la empresa.

Él sabía que el último tramo del camino era el más sombrío, dado que los árboles que custodiaban los costados del sendero casi no dejaban pasar la luz de la luna, a esa hora de la madrugada. Pero por alguna razón, aquella penumbra se había tornado más inquietante que nunca. Alguien estaba con él. Juan tenía la seguridad de que alguien lo acompañaba, y esa extraña sensación fue aumentando hasta que no soportó más y decidió darse vuelta.

Se tranquilizó cuando descubrió que el camino por el que venía estaba vacío, que no había nadie a sus espaldas. Sin embargo, cuando giró la cabeza para retomar su andar hacia la planta laboral, lo vio. Había un monje, o al menos eso parecía.

Era una figura vestida con una larga túnica negra y una capucha que impedía que se viera el rostro.
Juan quedó aterrado por el aura siniestra de aquella silueta. Sin embargo, más miedo sintió cuando escuchó el anuncio que le hizo. Desde el hueco negro que era su cara bajo la capucha, surgieron las palabras que lo condenaban. Aquel monje, o lo que fuera, le aseguró que moriría en el día de su próximo cumpleaños, más precisamente, le dijo que dejaría de existir el 20 de mayo de 1976, a las 19 horas exactas.

Fue tal el susto que experimentó Juan que ya no se dirigió a su trabajo, sino que regresó a su hogar. Pálido, temblando de pies a cabeza, el hombre logró contarle a su mujer lo que había pasado. Para Juan, aquel monje era la mismísima Muerte, la Parca en persona, anunciándole el día en el que lo vendría a llevar.

Tanto su esposa como todos aquellos que oyeron de boca de Juan el relato de su misterioso encuentro trataron de tranquilizarlo, de decirle que había sido víctima de un producto de su imaginación. A esas horas de la noche y en un camino tan sombrío, la mente podía haberle jugado una mala pasada.

Juan estaba seguro de lo que había visto y escuchado, pero aún así trató de convencerse de que los comentarios de sus amistades eran acertados. Intentó olvidarse de aquel anuncio funesto, de aquel monje oscuro. Y así pasaron los días, las semanas, los meses... Hasta que llegó el día de su cumpleaños.

Aquel 20 de mayo, Juan almorzó con su familia y compartió un café con algunos amigos que llegaron para saludarlo en su día. Eso lo mantuvo distraído por un rato. Hasta que, a eso de las cuatro de la tarde, se fueron. En ese momento comenzó a recordar la sentencia de muerte vaticinada por aquel extraño monje. Fue allí cuando sacó cuentas y se percató de que faltaban solo tres horas para la siete de la tarde, hora marcada como la hora de su muerte.

Juan sentía cómo su corazón se aceleraba y los pensamientos se arremolinaban en su cabeza, imaginando las diferentes formas en las que la muerte podría presentarse. Todo esto era demasiado para él, una locura, pero no podía dejar de pensar en ello. Así que ideó una manera de engañar, por unas horas, a su mente y olvidarse de sus peores miedos. Se le ocurrió ir al cine con su esposa. De esta manera, entraría a la primera función, la de las 18 horas y para las 19 estaría pensando en otra cosa. Seguramente nada acontecería y todo volvería a la normalidad.

Al llegar al cine, Juan y su esposa se sentaron en las butacas y comenzaron a disfrutar de la película. Pero, gradualmente, Juan empezó a sentirse mal. Primero percibió que algo no estaba bien a su alrededor, había algo que lo incomodaba. Después, directamente, empezó a descomponerse. Percibió un dolor punzante en la nuca que se fue haciendo más y más intenso, como si una mano lo presionara cada vez con mayor intensidad. Además, de pronto, tenía calor, mucho calor. Juan decidió, entonces, levantarse e ir al baño. Tal vez si se refrescaba se sentiría mejor.

Ante la mirada preocupada de su esposa, Juan se puso de pie y dejó su butaca. Encontró el pasillo que conducía al baño y, bastante mareado, tanteando las paredes, consiguió abrir la puerta del sanitario de hombres. Por suerte no había nadie. Comenzó a mojarse la cara, pero contrariamente a la frescura del agua, él sentía más y más calor.

La esposa de Juan resolvió que su marido estaba tardando demasiado y fue a buscarlo. Acompañada por uno de los acomodadores del cine, llegó hasta el baño de caballeros y, al no verlo, pensó que se habían desencontrado. De todas maneras, quiso asegurarse y empezó a abrir todas las puertas del sanitario. Detrás de una de ellas encontró a su marido sentado sobre un inodoro, con la mirada perdida. Juan estaba muerto.

Los médicos que examinaron el cadáver concluyeron que aquel 20 de mayo de 1976 Juan había muerto por un paro cardíaco. Y en el acta de defunción constó la hora de su fallecimiento: las 19 horas, en punto. Tal como la Muerte vestida de monje se lo anunciara.

La familia de Juan piensa que la Muerte cumplió con su palabra, que ella misma se presentó el día de su cumpleaños, a la hora indicada, para llevárselo, tal como aquel siniestro personaje había manifestado. Lástima que no le creyeron en su momento. Tal vez, de haberlo hecho, de haberse tomado más en serio el relato de Juan, sus familiares podrían haber evitado tan terrible desenlace






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