domingo, 4 de mayo de 2014

LA MALDICIÓN DE JAYNE MANSFIELD



Esta es la historia del pintoresco triángulo amoroso formado una despampanante y torturada actriz interesada en lo sobrenatural, un abogado posesivo y materialista, y un brujo satánico obsesionado con las actrices rubias.
Todo comienza en noviembre de 1966, cuando Jayne Mansfield y Sam Brody visitan la mansión de Antón
LaVey en San Francisco. La casa, a la vez templo y estrafalario museo de lo oculto, tenía siempre las
puertas abiertas para los visitantes, sobre todo para aquellos que pertenecían al mundo de la farándula y, por
tanto, podían reportar publicidad positiva al culto. Según la leyenda, LaVey y Mansfield sintieron una
atracción física mutua desde el mismo instante en que ella traspasó el umbral de la mansión.
Al igual que hacía habitualmente, LaVey mostró a los dos invitados su colección de grimorios, amuletos y
reliquias. Podemos imaginar al brujo, ya de por sí aficionado a irónicos despliegues teatrales, haciendo una
exhibición de conocimientos esotéricos para impresionar a la actriz; a esta riendo con ingenuidad (fingida)
ante los galanteos del satanista; y, en último lugar, a su novio a punto de salirle humo por las orejas.
Como especial deferencia hacia la pareja, el mago les enseñó su altar privado, en donde se alzaban unas
velas negras que, según les aseguró, dejaban maldito a cualquiera que las tocara. Sólo podían usarlas sin
peligro el diablo o su representante directo sobre la tierra (o sea, él). Brody, quien, celos aparte,
consideraba todo lo esotérico pura charlatanería, se había pasado la tarde remachando las explicaciones de
LaVey con comentarios burlones.
En ese momento, decidió tocarle un poco más las narices encendiendo las velas. Anton LaVey estalló en
cólera fría: con voz solemne, predijo al abogado que antes de un año moriría víctima de la maldición, y
además en un accidente de tráfico, aprovechando de paso para advertir a la actriz de que lo mejor sería que
no viajara más acompañada por él. Con esta tensa escena terminó la primera visita de Jayne Mansfield a la
mansión LaVey.
Durante los meses siguientes la actriz volvería otras veces, implicándose cada vez más en las actividades de la Iglesia de Satán, para alborozo de LaVey y enfado de Brody. Sin embargo, pequeñas desgracias
comenzaron a rondar a la pareja, incluyendo dos accidentes leves de tráfico, como para recordarles que, a
pesar de todo, la maldición seguía activa.
Llegamos así a esa autopista 90, entre Biloxi y Nueva Orleans. Es el 28 de junio de 1967, Brody y
Mansfield viajan acompañados por los tres hijos de la actriz y un joven chófer. A miles de kilómetros de
allí, LaVey está en su despacho recortando una fotografía de periódico en la que aparece él llevando flores a
la tumba de Marilyn Monroe.
Al volver la página, se da cuenta de que al otro lado hay una foto de Jayne Mansfield, a la que
casualmente acaba de cortar la cabeza con las tijeras. En ese preciso instante, el coche en el que viaja
Mansfield choca contra un camión estacionado. La colisión es tan brutal que el capó del coche sale
disparado hacia atrás, decapitando a la actriz. Sam Brody y el chófer mueren también en el acto mientras que los niños resultan milagrosamente ilesos.

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