viernes, 15 de febrero de 2013

EL CASO PRESTES





Era martes de carnaval de 1949  y Joao Prestes, junto a un cuñado, se habían dirigido a un riachuelo cercano a su paupérrimo poblado con el fin de pescar. Regresaron cuando estaba oscureciendo, y se separaron en una senda que discurría por el matorral, cada uno en dirección a su vivienda. Cuando Joao llega a la propia, descubre que su familia no se encuentra –presume que habrían ido de visita a casa de un familiar próximo– y rodea la vivienda buscando una ventana con problemas de cerradura para tratar de penetrar en el interior. Es cuando se encuentra en esta tarea cuando de un espeso y achaparrado monte cercano parte un poderosísimo haz de luz que le impacta de lleno, arrojándole al piso del temor y la sorpresa y desvaneciéndose.
Joao se levanta, presa de pánico, pánico que aumenta al observar que se encuentra completamente solo en la desolada vecindad y nadie ha sido testigo de su extraña experiencia. Inmediatamente comienza a experimentar un calor abrasador que le recorre el cuerpo, echando a correr a casa de un pariente a donde llega minutos después, jadeando, sudando copiosamente y terriblemente asustado. Allí, precisamente, se encontraba el resto de su familia, quienes, tras escuchar su entrecortado relato, lo tranquilizan, empapan su ardoroso rostro y le sugieren recostar a descansar.
Pasan así algunos minutos; mientras la familia conversa en la sala principal las extrañas visicitudes relatadas por Joao, éste, aparentemente, se ha tranquilizado y está en el dormitorio descansando. Pero, de pronto, un espantoso alarido galvaniza a los presentes: procede del dormitorio. Hacia allí se atropellan todos, para ser espectadores de un cuadro horripilante.
Extendido en la cama cuan largo era, Prestes, incrédulo, observa cómo de sus piernas, sus brazos, su rostro, se va desprendiendo, en colgajos, la carne, los músculos, venas y arterias resecas. Durante los siguientes, caóticos minutos, mientras las mujeres gritan y se desmayan y algunos hombres corren a buscar algún medio de transporte (no había en ese entonces vehículos a motor en la localidad y el hospital más próximo estaba a cuarenta kilómetros), Joao continúa hablando con sus espantados asistentes; refiere que no experimenta dolor alguno, siente el cuerpo totalmente insensibilizado y sí sobrevive, como único estímulo perceptible, una sensación de calor intenso. Media hora después, su cuerpo era una sola gran llaga lacerada; en algunos puntos comienzan a ser visibles los huesos, y como última etapa comienza a descomponerse su rostro. Hasta aquí, Joao no siente dolor, está consciente –aunque comprensible y terriblemente aterrorizado– y responde las preguntas de sus interlocutores. Cuahndo son los labios y la lengua los que se angostan con esta “lepra fulminante” y caen, aún seguirá moviendo la cabeza y los ojos para responder a las preguntas.
Se ha conseguido una carreta tirada por bueyes y sobre ella cargan a Joao Prestes y parten rumbo al hospital. Dos horas después, cuando llegan al mismo, sólo un cadáver irreconocible es lo que queda del infortunado protagonista….”





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