lunes, 27 de agosto de 2012

EL VAMPIRO DE LAS MANOS AZULES









Según una leyenda castellano-manchega recogida por Pilar Alonso y Alberto Cid en su antología Historias y leyendas
de Castilla-La Mancha, un vampiro errante pasó hace muchos años por las cercanías de Huélamo (Cuenca), villa de
origen árabe asentada en un cerro próximo al embalse de La Toba. De dónde venía, a dónde iba o qué le había traído a
estas tierras es un misterio, pues la leyenda sólo nos narra su casual encuentro con un joven de la villa
Trascurría la temida Noche de Todos los Santos, cuando los muertos y los vivos entrecruzan sus caminos. En lugar de
estar en su casa, José Manuelse encontraba paseando por las cercanías del pueblo. No tenía ningún miedo a aquella
fecha, y, de hecho, unos minutos antes había saltado la tapia del cementerio como respuesta al desafío de un rival en
amores. A tanto llegaba su valentía o su temeridad.
Mientras entraba en la plaza del pueblo, le salió al paso un hombre con aspecto de extranjero que se cubría con una
elegante capa negra. De forma muy educada, pidió a José Manuel que le indicase el camino hacia La Serna. Como la
noche era tranquila y aquel pueblo no distaba mucho de Huélamo, se ofreció a acompañarle, a lo cual el otro accedió.
Tranquilamente, emprendieron el camino.
Cruzaron las calles vacías del pueblo, a aquellas horas de la noche con un aire solitario y, hasta cierto punto, desolado,
hasta salir al pedregoso camino que conducía a La Serna. Elforastero no pronunciaba una sola palabra, y Juan Manuel
no se atrevía a romper elsilencio un tanto ominoso que se había cernido sobre ellos. Un sexto sentido le obligaba a
mantenerse alerta.
Mientras pasaban por un sitio conocido como el Alto de la Horca, José Manuel miró a su acompañante. Le pareció ver
que una especie de llamas azuladas le brotaban de las manos y los pies. “No puede ser”, pensó, “ha de tratarse de
algún extraño efecto óptico causado por la luz de la luna”. Y, aunque algo más intranquilo, volvió a concentrar su
atención en el oscuro camino.
Unos metros más adelante no pudo evitar volver la vista hacia elforastero. Entonces comprobó con horror que aquellas
llamas azules seguían allí, recubriendo sus manos y sus pies. En lugar de desaparecer habían ido en aumento, y ninguna
causa natural parecía explicarlas.
Intentando ocultar su miedo, se dirigió al extranjero y le pidió que esperará allí un momento mientras élse apartaba un
poco del camino para cumplir con una necesidad natural ineludible. El tétrico personaje le respondió con tono
inesperadamente autoritario:
―Está bien, pero será mejor que regreses antes de que oigas tres palmadas: clap, clap, clap, y ni una más. Me desagrada que me hagan esperar.

José Manuelse apartó del camino, y, cuando consideró que la oscuridad lo ocultaba de la visión del extranjero, echó a
correr lo más rápido que pudo en dirección a Huélamo. Mientras huía, escuchó en la lejanía tres palmadas. A la tercera,
estaba ya casi entrando en el pueblo. Entonces miró atrás, y vio al extranjero siguiéndole no demasiado lejos. Sus pies
no se movían, simplemente flotaba sobre elsuelo en dirección a él.
Antes de que lo alcanzase, logró entrar en su casa y cerrar la puerta. Unos fuertes golpes sacudieron la hoja de madera,
mientras una voz se lamentaba desde el exterior: “Que de tus pies te has valido, que si no tu sangre me hubiera
bebido”. Después todo quedó en calma.
A la mañana siguiente, cuando elsol hubo salido y las risas de los niños llegaban desde la calle, José Manuelse
pregunto si lo que había vivido la noche anterior no habría sido una pesadilla. Al abrir la puerta vio sobre su parte
exterior las marcas de una gran mano grabadas a fuego.

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