sábado, 3 de marzo de 2012

LA CIUDAD DE LOS CESARES



Dicen los ancianos de la mítica isla de Chiloé que la Ciudad de los Césares se ubica a orillas de un río que, en vez de piedras, tiene perlas y diamantes. Las aguas de este río refluye para alejar las embarcaciones que se acercan demasiado a la ciudad que también es puerto de descanso para los tripulantes del Caleuche (qué es un barco fantasma con tripulantes fantasmas que aparece en la isla de Chiloé al sur de Chile). Las calles están pavimentadas de plata y oro macizo, y sombreadas por árboles con maravillosos frutos que dan salud y juventud eterna.
La ciudad está en medio de la cordillera, encerrada entre altos cerros y escondida por una espesa neblina que impide al viajero descubrirla aunque la ande pisando. Para conservar el secreto de su ubicación, los habitantes de los Césares no construyen barcos, lanchas, botes ni ninguna embarcación.
Tiene calles tan largas que es necesario caminar "desde que el sol sale hasta que se vuelva a esconder para andar por una de ellas". Los habitantes que la pueblan son los mismos que la edificaron hace ya muchos siglos, ya que en la quimérica Ciudad de los Césares nadie nace y nadie muere. Una enorme cruz de oro corona la torre de la iglesia y la campana que hay en ella es tan grande, que debajo pueden instalarse cómodamente dos casas. Si esta enorme campana llega a tocarse su tañido se escucharía en el mundo entero anunciando el fin de los tiempos.
Por algunos instantes cada año, en Viernes Santo se puede ver, desde los más altos cerros de la Isla Grande, como a lo lejos en la Cordillera Nevada brillan las Cúpulas de las Torres y los techos de las casas que en la ciudad prodigiosa son de plata y oro. Nada puede igualar la felicidad de sus habitantes que no tienen que trabajar para vivir, ni sufren enfermedades, ni pobrezas. Nada escasea en ella. Quien haya entrado a la Ciudad pierde el recuerdo del camino que a ella lo condujo, y la memoria de lo que fue antes vivir en los Césares.
Si por algún milagro, alguien deja la ciudad, al instante comienza a morir al salir de las murallas por causa de los años que sin envejecer ha vivido en los Césares, ésto lo puede dar fé un hombre que ahora es anciano y que cuando era niño su padre desapareció por aquellos lugares. Un día ya siendo adulto caminaba por un camino muy cercano a la cordillera, en un día en que estaba muy frío, de entre unos bancos de niebla apareció su padre, corrió a él pero lo vió tal cual se había desaparecido, se acercó a su padre quien lo miraba confundido, hasta que le dijo que era su hijo, el padre le dijo donde había estado y que se sentía morir ahora. Diciéndo ésto el padre abrazó a su hijo y empezó a desmoronarse en polvo, su cuerpo quedo reducido a montículo de polvo a los pies del hombre (testigo). En la ciudad de los Césares no transcurre el tiempo. El tañido de la campana de la ciudad invisible se escuchará, por única y última vez en todo el mundo, anunciando la llegada del día del Juicio Final. Entonces la sobrenatural Ciudad de los Césares se hará visible para convencer a los incrédulos que dudaron de su existencia.

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