sábado, 18 de febrero de 2012

LA MUJER DEL CUADRO

Esta es la historia de un hecho real que me sucedió a mí y a dos amigos míos hace aproximadamente 8 años.


La historia empieza cuando nosotros tres jugábamos en la calle a construir casas con nuestras pequeñas maquinas de juguete. Mientras estábamos en aquel montón de arena construyendo, algo nos motivó a levantarnos y mirar los tres a la vez hacia la casa abandonada que estaba encima de aquel cerro triste. En ese momento los tres mirábamos sin saber porque lo hacíamos.

Después de varios segundos dejamos nuestras pequeñas máquinas y nos dirigimos hacia la casa abandonada, estaba oscureciendo y la casa quedaba lejos, no nos dejaban salir de la barriada, pero nosotros olvidándonos de las ordenes de nuestras madres fuimos hacia la casa.

Saltamos el arroyo y subimos aquella pendiente hasta cruzar un pequeño arroyo artificial que construyeron unos niños para jugar. Sorteamos ese arroyo y nos vimos delante de la casa, una pequeña casa medio derruida que jamás habíamos visitado, entramos y ya se había hecho de noche, pero aún quedaba luz para verla por dentro.

Cuando entramos en lo que se supone que era la cocina había un cuadro de la mujer de la casa, una mujer fea y horrible que parecía que nos miraba. Justo cuando los tres nos pusimos frente al cuadro nos dimos cuenta de que no se oía el ruido del arroyo y los grillos que acompañan la oscuridad de la noche dejaron de cantar. Asustados pero firmes seguimos mirando aquel cuadro que de pronto cambio el rostro de esa mujer fea y horrible.

Asustados salimos, pero nada era igual, todo era distinto, nos dimos cuenta de que salimos por detrás y volvimos a entrar en la casa para salir por la puerta principal, al pasar por la cocina aquel cuadro ya no estaba y la imagen de esa mujer quedo grabada en nuestras mentes hasta ahora.

Salimos corriendo monte abajo. Yo me quedé detrás porque era más pequeño que ellos y me tendí temblando a esperarlos. Mientras esperaba una brisa fría y húmeda me hizo levantar y correr del miedo. Esos 3 o 4 minutos que estuve tendido los volví a ganar corriendo monte abajo y antes de que mis amigos llegaran abajo ya estaba yo descansando en el montón de tierra. Nos vimos las caras y seguimos jugando.

Al poco tiempo llegaron nuestras madres y con ellas un rayo de luz, era la luz del sol, la arena calentaba nuestros cuerpos y nos dimos cuenta de que no había pasado ni un minuto por nuestros relojes de esos que regalaban en los kioscos. No sé lo que ocurrió pero el tiempo se paró para que nosotros visitáramos la casa abandonada. Yo ya tengo 16 años y ellos ya están casados, pero aun recordamos aquella imagen de esa mujer malvada

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