viernes, 28 de mayo de 2010

VERONICA

veronica es junto a la chica de la curva una de las leyendas mas extendidas y comentadas exixten numerosa versiones de la historia.aqui os dejo la publicada por alberto granados en su libro leyendas urbanas.


VERONICA
(alberto granados)
El frío les sorprendió aquella noche y a pesar del fuego que encendieron no conseguían entrar en calor. Añadieron algunos troncos
más para templar algo la estancia. Habían imaginado aquel instante
en numerosas ocasiones, ya desde los tiempos del instituto, y
por fin se había hecho realidad. Según lo acordado, todos traían
una historia que contar. Comenzaron los relatos, casi todos con
contenidos terroríficos, asesinatos, cementerios..., la tensión iba
en aumento.
Por fin le llegó el turno a Isaías. Se levantó, adoptó una expresión
seria y comenzó a relatar una leyenda con voz grave mientras
se escuchaba el crepitar de la hoguera y los demás atendían sus
palabras casi sin mover ni una pestaña:
Sucedió en nuestro instituto hace algunos años. Me la contó
el conserje, Félix, ese hombre tan siniestro que sólo su presencia
atemoriza. Por cierto, ¿sabéis que dicen que asesinó y
despedazó a un alumno? Bueno, esa historia ya os la contaré
otro día —Isaías estaba consiguiendo asustar al grupo—.
Ésta le ocurrió a unos chavales hará unos siete años, cuando
decidieron jugar a la ouija en el gimnasio. Unieron sus manos
sobre el vaso y comenzaron a moverlo... «Espíritu ¿estás ahí?».
«Espíritu ¿estás ahí?». No se sabe muy bien lo que sucedió,
pero el vaso se desplazó hasta la casilla del SÍ, alguien gritó y
el pánico comenzó a apoderarse del grupo, estaban atemorizados,
sólo había una excepción: ¡Verónica! Una chica de cabello
rizado y pelirrojo que nunca se tomaba nada en serio. Se
levantó entre bromas: «¡Esto no hay quién se lo crea!», se la
escuchó decir mientras se dirigía hacia la puerta con la intención
de marcharse. El caso es que sin darse cuenta —ninguno
supo explicar después cómo sucedió—, tropezó con algún
objeto del gimnasio y se precipitó contra la estantería en
la que se apilaban las pesas de musculación. El mueble osciló
y varias se estrellaron contra el suelo, con tan mala suerte que
una de ellas se empotró en la cabeza de Verónica. La chica quedó
paralizada, exánime, hasta que un delgado hilo de sangre
comenzó a recorrer su cara. Los ojos, entornados, se le quedaron
en blanco y se derrumbó como si tuviera las piernas
de barro. Esa noche cambió la vida de aquellos muchachos; de
hecho Félix me contó que varios de los chicos siguen aún
en tratamiento psiquiátrico y uno de ellos, Israel, que al parecer
llevaba unos meses saliendo con Verónica, ni siquiera
ha podido recuperar el habla desde el trágico incidente. En
el instituto se rumorea que el espíritu de Verónica sigue vagando
por los pasillos, y que si una joven se coloca sola frente
a un espejo con una vela encendida y repite tres veces el
nombre de la infortunada, puede contemplar su propia muerte
a través del cristal.
—¡Tú estás de coña! —exclamó jocosa Elvira.
—¡Esto no hay quien lo crea!... ¿Y dices que sucedió en nuestro
instituto?
—De coña, ¿dices? —contestó Isaías, acaso tocado en su orgullo.
—Pues si verdaderamente estás convencida de que se trata
de una mentira, quizá lo podamos comprobar. Yo estoy seguro de
que todo lo que he contado sucedió realmente. ¿Qué te parece si
alguna de estas tardes, cuando el instituto esté vacío, nos colamos,
entras sola en el baño y repites frente al espejo tres veces el nombre
de Verónica?
—¡¡Uuuhhhh, qué mieeeedoooo!!! ¡Pues claro que lo haré, no
soy una cobarde como tú y los demás! —exclamó con aire de superioridad.
A la semana siguiente el mismo grupito se concentró en la parte
trasera del instituto. Casi todos conocían un pequeño recoveco
por el que, en alguna ocasión, se colaban en el recinto para fumar
o simplemente para esconderse. Con el convencimiento de que nadie
les observaba avanzaron, localizaron la ventana que previamente
habían dejado entreabierta y, sin muchos esfuerzos, entraron en
el edificio ahora vacío. Elvira iba a la cabeza del grupo; del bolsillo
trasero de su vaquero sobresalía la vela que pensaba encender. Cuando
todos estuvieron dentro, Isaías apoyó la mano en el hombro
de Elvira y le susurró:
—Bueno, amiga... ¡Es hora de ser valiente! Te esperamos en
el vestíbulo de entrada.
Elvira recorrió el pasillo en penumbra para dirigirse al cuarto
de baño. Lo que al principio se planteó como un juego inocente,
ahora, mientras caminaba por aquel recinto solitario, le pareció una
banalidad a la que no se tenía que haber prestado. Pero a lo hecho,
pecho. No podía ya echarse atrás y quedar como una miedosa frente
al grupo.
Entró en los servicios, y al pulsar el interruptor descubrió con
fastidio que no funcionaba la luz. Sólo se colaba algo de claridad a
través de las ventanas.
—¡Mierda, esto ya no me está gustando nada!
Con cierto nerviosismo sacó de su bolsillo la vela y un mechero.
La prendió delante del espejo.
—Verónica...
La primera vez que pronunció el nombre, muy bajito, sintió
que tenía la boca seca, con un regusto amargo.
—¡Verónica!
Esta vez intentó pronunciar el nombre con más fuerza:
—¡¡Verónica!!
Súbitamente quedó paralizada frente a la imagen que le devolvía
el espejo. Pudo verse a sí misma dentro de un ataúd rodeada
de algunos familiares. Lo más terrorífico era que el aspecto que
ofrecía era idéntico al actual, al presente. Era ella, y no daba la impresión
de que hubiera pasado mucho tiempo. Aquella visión la
dejó helada y de repente todo cambió. Pasó de la incredulidad al
miedo en apenas unos segundos. Notó cómo sus piernas dejaron
de responderla, le faltaba el aire, se apoyó sobre el lavabo intentando
mantenerse en pie. Abrió el grifo del agua para mojarse la
cara... ¡Necesitaba reaccionar!:
—¡No puede ser! ¡No puede ser!
Al levantar la cabeza, Elvira quedó aterrorizada. Observó que
en el vaho que había cubierto el espejo algo o alguien había escrito
una fecha: 27 de abril de 2006.
—Pero... eso es... ¡mañana!...
Presa de un ataque de pánico, el cuerpo de Elvira dejó de responderla;
perdió el conocimiento y se desvaneció. El estruendo de
la caída alertó a sus amigos, que se precipitaron hacia el baño. Lo
que allí descubrieron les sobrecogió: Elvira al caer se había golpeado
en la sien con un extremo del lavabo y yacía en el suelo en medio
de un charco de sangre. En el espejo aún se podía leer la fecha del día
siguiente, justo cuando Elvira... ¡descansaría en su ataúd!

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