martes, 18 de mayo de 2010

LA TELESITA








Por Santiago del Estero, en Argentina, deambula el alma de la Telesita. Pero el de Telésfora Castillo, nacida en la región del Salado a mediados del siglo XIX, es un espíritu tan bondadoso y amigable como lo fuera también en vida.

Cuenta la leyenda que Telesita, como la llamaban, era una muchacha de extraordinaria belleza a la que un retraso mental mantenía en una niñez eterna. Muy pobre, pasaba el día vagando por el monte, vestía siempre de harapos y vivía de la caridad de los lugareños, que habían aprendido a quererla por su sencillez y bondad. Dicen que Telesita no se perdía ninguna fiesta: bailar era lo que más amaba.

Todos sabían que apenas los músicos empezaran a tocar, la muchacha aparecería con su mirada, en general ausente, llena de vida, y danzaría hasta mucho después de que todos los demás cayesen rendidos. Por eso supieron que algo muy malo sucedía cuando una fiesta terminó sin que nadie la hubiese visto. Los vecinos se internaron en el monte, buscándola, y así encontraron su cadáver carbonizado.

Algunos dicen que, en su inocencia, confundió un incendio con las luces de una fiesta, y se acercó demasiado. Otros, que se aproximó demasiado a un fogón porque tenía frío, o que en el frenesí de su danza no notó que una chispa saltaba del fuego a su humilde vestidito. Pero todos coinciden en que, desde entonces, su espíritu continúa paseándose por el monte. Y que es bueno y generoso con los viajeros o los peones que la reconocen y le recitan una copla a la que ella adora responder:

- Qué andás haciendo, Telesita.

- Aquí ando, pues.

- A ver, bailámelo, Telesita.

- Bueno, te lo bailaré.

Dicen también en Santiago que si alguien pierde un objeto de valor, o faltan animales de su corral, debe ofrecerle una Telesiada y podrá entonces recuperarlos al instante. Se trata de un baile que comienza con el promesante y su mujer bailando siete chacareras seguidas, sirviéndose un vaso de caña entre danza y danza. Luego, se incorporan al baile las demás parejas. Se permite beber, pero no cambiar de pareja ni detenerse hasta que cada cual cae al suelo, rendido. Una ceremonia en la que, seguramente, la Telesita participaría encantada.




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