domingo, 4 de mayo de 2008

REVENGE (¿el comienzo de una historia?)




Lo vi incorporarse, parecía cansado, muy cansado. Veía su cansancio en sus ojos, en su respiración un poco ansiosa, en su leve temblor de manos. No pude evitar preguntarle:
- ¿Que te pasa? ¿Has tenido una pesadilla?
- He soñado que me mataban.
Aun no había abierto del todo los ojos, me miraba de una forma extraña, ausente.
- Vaya, un mal sueño. ¿Alguien te disparaba?
- No, me apuñalaban. Me apuñalaban varias veces con un cutter, un cutter con una hoja finísima.
Seguía como ausente, con un hablar monótono, sin ritmo, como si su boca no articulase las palabras.
- Dios, parece muy .......parece jodidamente doloroso.
- Lo era, incluso tenia la sensación de que mi propia sangre me aliviaba. Tenia toda la espalda llena de cortes, finos y profundos. Era como intensificar por mil el dolor de cortarte con un folio. Dolía.......duele.
En sus ojos comenzó a aparecer un extraño brillo conforme me describía su dolor, era como si lo sintiese en ese instante. No era un brillo agradable, dejaba una especie de mala sensación, era un poco inquietante. No quería seguir preguntandole, pero no pude evitarlo:
- ¿Te apuñalaban por la espalda con un cutter? Buff, ¿no pudiste evitarlo?
- No, sabia que me iba a apuñalar, lo vi venir, lo esperaba, pero creo.......creo que no quería evitarlo. No lo se. Tal vez quería notar ese dolor.
El brillo de sus ojos se intensifico, en su boca comenzó a formarse algo parecido a una sonrisa, una especie de mueca de una sonrisa. La punta de su lengua apareció entre los labios de aquella sonrisa, como si estuviese pensando, calculando, sopesando. Tenía una expresión inquietante, le comenzaba a dar un poco de miedo, hubiese preferido ver en su rostro cualquier cosa menos aquella macabra sonrisa, la sonrisa de alguien dispuesto a dañar, a provocar dolor, a devolver dolor. Cuando volví a hablarle ya no le mire a la cara, aparte un poco la vista, pero notaba aquella sonrisa.
- Bueno, no te preocupes, solo ha sido una pesadilla.
- ¿Sabes una cosa?.....
No quería seguir con aquella conversación, pero el si.
- Cuando me vi tumbado en el suelo, con la espalda cubierta de sangre, pensando que la vida se me escapaba por los finos cortes de mi espalda, en ese momento, cuando el dolor ya era insoportable, se me apareció alguien.
- ¿Quien?
Ahora si sonrió abiertamente, pero no era una sonrisa sana, era la sonrisa enferma de alguien a quien aun le dolían los cortes en la espalada, era la sonrisa enferma de un dolor.
- Se me apareció. Jajajaja- reía, malsano- Se me apareció Mel Gibson.
- ¿Mel Gibson?- bueno, eso parecía un poco mas cómico, pero el seguía sonriendo de una forma inquietante.
- Si, Mel Gibson. Me levanto la cabeza del suelo, cogiendome por el pelo, me miro a los ojos y me dijo "PAYCHECK, SE ACABO EL CHICO BUENO". Y lo dijo burlón, pero me alivio el dolor.
No quería seguir aquella conversación, su sonrisa me estaba helando la sangre. No quería seguir hablando, tenia que decírselo, tenia que acabar aquella absurda charla, tenia que acabar de ver aquella sonrisa, aquel brillo en sus ojos, no me gustaba nada lo que estaba pensando, no sabia lo que era, pero no era bueno.
- Lo peor- dije- lo peor no es que hayas tenido esa pesadilla, lo peor....
- Dime- aun sonreía, no iba a dejar de sonreír, ya sabía la respuesta
- Lo peor es que ahora no duermes y .....................y estas hablando solo.

Sonrei.



sábado, 3 de mayo de 2008

NAVHAR EL LOBO Y LA LUNA




I
Como casi todas las noches fueron saliendo de la cueva. En primer lugar Borj, el patriarca. Le seguía casi pegada a él, Nuth la anciana, con aquel paso cansino que delataba su edad, después el resto. La noche era limpia, despejada, todo un universo de estrellas los recibió. El aire olía a hierba húmeda, fresca, a flores que hasta hace un rato estaban aun abiertas, a noche, a noche clara y despejada. Subieron como casi todas las noches a lo alto de la colina, como siempre, al paso lento y cansino que marcaba Borj, era un caminar que permitía que todos se fuesen deleitando en todo lo que veían, árboles moviéndose lentamente bajo el ulular del aire, aves nocturnas haciendo ruidos casi imperceptibles, pequeños animales buscando su madriguera, la noche estaba llena de sonidos, de aromas, de vida. Cuando llegaron a lo alto de la colina Borj se situó en el centro, junto a el, agachada y tranquila Nuth, todos los demás, unos 20, formaron un circulo alrededor de los dos ancianos.
Borj los miro a todos, uno a uno, despacio, como si fuese nombrándolos y al nombrarlos recordase nombres de algunos que ya no estaban allí. El ritual continuaba. Alzo su cuello y comenzó a aullar, un aullido largo, profundo, un aullido con sonido de años, de luchas, de experiencia. Pronto se fueron uniendo otros aullidos, al cabo de unos minutos, todos aullaban… ¿todos?... la anciana Nuth no lo hacia, hacia ya mucho tiempo que ella no aullaba, ella simplemente los observaba desde su postura tumbada, y como desde hace varios años, siempre se quedaba mirando al final a uno de ellos, a Navhar. La vieja Nuth sabia que Navhar no era como los demás, estaba haciendo lo mismo que los demás, pero la anciana sabia que no lo hacia por el mismo motivo. Todos aullaban buscando pareja, espantando enemigos, aullaban como guerreros al compás del maestro Borj. Pero Navhar no, Navhar aullaba por otro motivo, y la vieja Nuth lo sabia.

II


Desde muy pequeño, desde que Navhar salio por primera vez de la cueva, algo le había pasado, algo bueno, algo grande, nadie se dio cuenta, ni tan siquiera Nuth que siempre se fijaba en todos los pequeños detalles. No se dio cuenta hasta que un día, cuando Navhar ya era casi adulto, le pregunto algo que a ella la sorprendió muchísimo:
- Anciana Nuth. ¿Llegaré algún día a rozarla?- pregunto Navhar como quien pregunta a una sabia, a una loba que ya lo ha visto casi todo.

Nuth no entendió la pregunta a la primera, no la entendió hasta que vio la mirada de el, miraba a la Luna igual que un amante mira a su amada. Sus ojos brillaban, sus aullidos, ahora se dio cuenta, no salían de la garganta o del pecho, salían del corazón, salían del alma.
- Las abuelas de mis abuelas decían que la magia existe- le dijo Nuth con mucha calma- Decían que ellas nunca vieron la magia, pero estaban seguras de su existencia. Tal vez la magia se creo para ti. Tal vez ella algún día baje para ti.

Navhar sonrió y volvió a su posición, y aulló, aulló con fuerza, aulló con pasión, aulló con todo su ser, aulló y en su cerebro resonaba una y otra vez “Tal vez algún día baje para ti”, “Tal vez algún día baje para ti”.



Así que esa noche, la vieja Nuth, volvía como casi todas las noches a observar los aullidos de Navhar, ya no era un lobo pequeño, era un lobo curtido, de pelo negro, un lobo que ya hacia tiempo defendía la cueva, que había derramado su sangre en muchas batallas con otros clanes. Navhar era un lobo luchador, fiero, pero Nuth sabia que debajo de aquella dureza en los combates, latía el corazón de un guerrero enamorado, un guerrero que esperaba que la magia le tocase, que la magia de la que hablaban las ancianas le trajese una noche a su Luna.

III

El patriarca, el viejo Borj, también noto algo raro en Navhar, desde que salio por primera vez de la cueva siendo aun casi un cachorro, Navhar había salido todas las noches, todas, incluso estando enfermo o herido en un combate, Navhar salía todas las noches, lloviese, nevase, hiciese o no frío, incluso cuando sabían que afuera se corría peligro y todos decidían quedarse en la cueva, Navhar salía, salía y al poco tiempo se oían sus aullidos a lo lejos, aullidos profundos, desgarrados pero esperanzados a la vez.
Una noche, en una de sus rituales salidas, el joven Navhar se le acerco y le dijo:
- Maestro, ¿alguna vez la habéis visto mas cerca?- el joven Navhar miraba hacia el cielo…no, miraba aun mas allá.

Cuando por fin Borj se dio cuenta de que aquel joven lobo miraba a la luna fue cuando callo en la cuenta, aquella noche la luna era inmensa, enorme, parecía estar cerca, muy muy cerca, lo iluminaba todo, absolutamente todo a su alrededor. Era una de esas noches que se dan en algunas ocasiones especiales, el viejo Borj no conocía el motivo, había oído hablar a las ancianas de “noches mágicas”, pero nunca creyó nada de aquello.
Miro a Navhar como maestro suyo que era y dijo:
- Joven Navhar, ¿te refieres a si alguna vez he visto la luna mas cerca que esta noche?
- Si maestro, ¿vio alguna vez la Luna más cercana?
- Si, Navhar, hace muchos años, cuando yo aun era un joven apuesto y un fiero luchador- los ojos de Borj denotaban melancolía.
- ¿Cómo de cerca maestro, como de cerca?- Navhar parecía impaciente, nervioso, su pecho se movía mucho mas rápido que hace tan solo un segundo.

El viejo Borj miro a su discípulo, uno de sus mejores guerreros, tenaz, paciente, un guerrero capaz de derramar toda su sangre sin pensarlo un momento, casi le apeno tener que contarle la verdad.
- Navhar- se dirigió a él como un compañero, no como su maestro- ¿te parece que esta cerca verdad? ¿te parece que casi puedes tocarla verdad? Pues aun así, esta lejos, mucho mas lejos de cualquier camino que jamás halla recorrido lobo alguno. Esta tan lejos que, ni mil vidas de mil lobos, corriendo hacia ella llegarían a acercarse a la mitad de su camino.

De repente Borj se dio cuenta que los ojos de Navhar se entristecieron, se tornaron acuosos, perdieron todo su brillo, incluso parecieron nublarse, apagarse…morir.
Borj busco una rápida respuesta, parecía que Navhar estuviese perdiendo vida a cada segundo que había pasado desde que le dijo que la luna era inalcanzable.
- Pero joven Navhar, yo soy solo un guerrero, entiendo de luchas, de combates, de defensas y de ataques, hay respuestas que es mejor que las busques en Nuth, ella sabe mas de ciertas cosas, ella conoce cosas que yo no entiendo ahora ni entendí nunca, ella habla de magias y de conjuros, de amores y de locuras, ella habla de cosas que tal vez tu si entiendas.

Los ojos de Navhar comenzaron a recobrar su brillo, su boca comenzó una sonrisa, en su cabeza volvía a resonar una y otra vez “Tal vez algún día baje para ti” “Tal vez algún día baje para ti”. Su corazón volvió a bombear sangre guerrera, sangre apasionada, sangre de un lobo luchador que jamás, jamás se rendiría, ante nadie, ante nada. Volvió a ser el lobo que todas las noches salía a aullar a su Luna, aun empapándose bajo una tormenta, aun tiritando de frío con las patas hundidas en la nieve, aun poniendo en peligro su vida, aun incluso aquellas noches que su Luna no estaba, esas noches tristes, negras, esas noches que no veía ni tan siquiera un pequeñísimo destello de ella, aun esas noches, Navhar sabia que su Luna seguía allí, oculta, pero allí, en algún escondido lugar, pero allí, visitando otros mundos tal vez, pero allí. Navhar la sentía, sentía su Luna, la sentía dentro de su ser.
Navhar aulló, con fuerzas renovadas, aulló y aulló, incansable, que cerca estaba su Luna, parecía llenarlo todo de tonos calidos, que cerca estaba su Luna, casi parecía desprender calor, un calor blanco.
¡Auuuuu! “Tal vez algún día baje para ti” ¡Auuuuuuuuuuu!


Y una noche, una noche cercana, una noche que se aproximaba como las cosas mágicas, lentas pero inexorables, corriendo pero de puntillas, una noche se iba a cumplir la leyenda de las abuelas de las abuelas de la anciana Nuth.

IV
Navhar se levantó, todos los demás dormitaban, y no era de extrañar que dormitasen, ya llevaban tres días de guerra, tres días defendiendo la cueva, tres días de lucha feroz y encarnizada, tres interminables días. En las noches ellos se retiraban a la cueva, sus enemigos se perdían por el bosque. Navhar había salido las dos noches anteriores, poniendo en grabe riesgo su vida, pero su vida carecía de valor si no podía ver su Luna. Pero esa noche, la tercera, a Navhar le costó mas trabajo levantarse, una profunda herida le recorría parte del pecho, una veta enrojecida fruto de una dentellada de un joven lobo. Raras veces había sido herido, y ninguna de gravedad, y eso que desde que se hizo adulto Borj lo educó para ser guerrero de primera línea, aun recordaba las palabras que el viejo y sabio Borj, curtido en miles de batallas, le decía siempre antes de empezar un combate.
- Tu Navhar, tu eres la primera y ultima línea de defensa de nuestro clan. Si alguno de esos malditos consigue franquearte, si consiguen pasar por encima de ti, tendremos que abandonar la cueva- y era entonces cuando la voz de Borj se tornaba a la vez la de un general y un padre- ¿estas dispuesto a morir? ¿estas dispuesto a morir este día?

Y Navhar desde que se hizo adulto siempre le daba la misma respuesta antes de un combate:
- Es un lindo día para morir maestro. Nadie cruzará a no ser por encima de mi cadáver, y aun así le morderé antes de que mi espíritu me abandone.

Y siempre al oír esto, el viejo Borj sonreía y le decía:
- Te creo muy capaz guerrero. Te creo muy capaz de dar dentelladas hasta desde el mas allá, jajaja.

Y él se sentía halagado con aquella risa ronca del viejo maestro. Ya llevaba muchos combates como para saber que la risa siempre rebajaba un poco los nervios de antes de un combate.
Pero aquella tarde, la del tercer día de lucha, la del tercer día sacando fuerzas de donde solo la vieja Nuth sabia que venían las fuerzas de Navhar, aquella tarde un joven lobo del clan enemigo había conseguido morderle, había conseguido clavar sus dientes muy cerca del corazón de Navhar. Cuando el viejo Borj lo vio chorreando sangre por un costado, resbalándole por una de sus patas, temió lo peor, iban a perder la cueva, después de tantos años y combates, al final la iban a perder. Seguramente todos los cachorros morirían, las hembras serian capturadas y el resto de la manada, los que consiguiesen huir, pasarían el resto de su vida deambulando solos como proscritos. A Borj casi se le nubló la vista con tan solo pensar en el desastre, le flaquearon las patas, su cuello bajó, su gesto feroz desapareció por un momento…
Pero Navhar el guerrero tenia poderosas razones para no rendirse, se incorporó como un rayo, la sangre saliéndole a borbotones de la herida, y no solo mordió con su espíritu, lo hizo con todo su ser, el joven lobo rodó colina abajo, medio descuartizado. Navhar seguía en su línea de defensa, jamás se rendiría, jamás.
Borj vio como sus compañeros de segunda línea abrían los ojos totalmente sorprendidos, al parecer todos lo daban ya por muerto, y fue entonces cuando la batalla cambio totalmente, se aunaron a Navhar formando una línea infranqueable, los pechos de todos subiendo y bajando a un ritmo frenético, incluso los de los mas jóvenes, aquella línea no la hubiese atravesado ni una manada de osos hambrientos. El jefe del clan enemigo se dio cuenta, no iban a pasar, aquel lobo había infundido fuerzas suficientes a sus compañeros, aquel maldito lobo herido casi de muerte le había hecho perder una batalla que ya creía ganada. El jefe del clan enemigo mando retirarse, no volverían, no volverían jamás.


V

Nadie se explicaba muy bien porque Navhar, curtido en batallas, había sido mordido de tal gravedad, bueno nadie no, la vieja Nuth, que siempre veía las batallas desde la entrada de la cueva si lo sabia. Por eso, después de mirar la profunda herida del pecho de Navhar, después de ver que aquella herida hubiese matado a cualquier otro, le pregunto a Navhar que resoplaba entre jadeos de dolor:
- ¿Te ha distraído Ella verdad?- y dijo Ella como si hablase de una diosa.
Navhar en un esfuerzo por aguantar el dolor, sonrió, resopló y volvió a sonreír, balbuceando le dijo a la vieja Nuth:
- No la esperaba tan pronto, no debí distraerme, lo sé, pero es que………no la esperaba tan pronto………y no…- parecía no saber ni como expresarlo- y no la esperaba tan cerca.

Y ambos se referían a su Luna.

Algunos días la Luna parecía salir mucho antes de que oscureciera, cuando aun el sol no se había escondido, y esa tarde había sido una de ellas, solo que en esta ocasión la luna, su Luna, era inmensamente grande, parecía muchísimo mas cercana que la noche anterior, y a la luz del día, era hermosa, con el azul del cielo aun despuntando, con los rayos de sol aun calentando las rocas de la cueva, su Luna era de una belleza como el no recordaba haberla visto nunca.
Fue en ese momento, cuando su Luna apareció tras de una rocosa colina, cuando Navhar, sin poder evitarlo, sin darse cuenta de que en ese instante estaba en una batalla, fue en ese momento cuando el tiempo, su sangre, sus pensamientos, todo su ser pareció detenerse, un instante, un instante infinito. El joven atacante lobo no lo dudó y aprovecho para lanzarle una dentellada que casi le cuesta la vida a Navhar, y de buen seguro que Navhar hubiese muerto gustoso mirando su Luna acariciada por los rayos del adormilado sol, ni tan siquiera noto el dolor, ni tan siquiera su propia sangre, sus ojos se mantuvieron durante ese instante infinito clavados en su Luna, llenos de brillo, llenos de esperanza.
Pero algo en su interior le hizo levantarse de un salto, algo que resonó en su cabeza tan fuerte que casi le hizo pensar que estaba muriendo, algo que sonó tan dentro de el que hizo reaccionar todo su cuerpo……………”tal vez algún día baje para ti”, “tal vez algún día baje para ti”.
No, no pensaba morir, no iba a morir ese día, aunque hubiese sido el más hermoso, el más lindo como le diría al viejo Borj, que jamás había visto.
No iba a morir sin quedarse a solas con su Luna aquella noche, no cuando estaba tan cerca, no, no, no …”tal vez algún día baje para ti”. No moriría, no cuando la magia, de la que hablaban las abuelas de las abuelas de la vieja Nuth, parecía tornarse realidad, o tal vez la realidad se estaba tornando magia.

De entre su dolor volvió a aparecer una leve sonrisa, y acercándose a Nuth, muy bajito y un poco avergonzado le preguntó:
- ¿Crees que la magia existe? ¿crees que ha venido a verme?

Nuth ni tan siquiera dudó un instante.
- Si, joven y guerrero Navhar, creo que esta aquí por ti. Creo que esta noche la luna será tu Luna.

El dolor desapareció.

VI

Navhar se levantó despacio, el dolor había vuelto, era como una pulsación continua. Se incorporó como pudo, en silencio, sin hacer ruido, los movimientos lentos le causaban aun más dolor, pero lo soportó. Cuando por fin estaba sobre sus cuatro patas miró alrededor, todos dormían exhaustos, ¿todos?, no, seguro que Nuth lo miraba con un ojo abierto desde la sombra.
Caminó despacio, sin hacer ningún ruido, y se dirigió a la entrada de su cueva, la misma que horas antes había defendido casi con su vida.

El viejo Borj, su maestro, notó el movimiento, todas las noches lo notaba, era un guerrero, un patriarca, un guardián, era parte de su ser el darse cuenta de aquellas cosas. ¿Dónde iba esa noche? ¿Dónde iba tan mal herido? No podía dejarlo salir así. Y justo cuando se iba a incorporar Nuth le dio con el hocico:
- Déjalo salir, déjalo ir.- lo dijo solemne, como cuando le hablaba de profecías antiguas.
- Pero morirá, esa herida es muy profunda, morirá sin duda- su guerrero, su mejor guerrero.

Nuth lo miro, miro al viejo guerrero a lado del cual había pasado más de la mitad de su vida, al viejo guerrero que no creía en magias, ni en profecías, ni en nada que no dependiese de su valor. Lo miro como la vieja sabia que era, y le dijo:
- Navhar esta noche va a encontrarse con su destino. Su amada ha decidido venir a verlo. Ni tan siquiera la muerte seria capaz de detenerlo. Déjalo ir. Esta noche la magia, esa en la que tú no crees- y sonrió levemente, aunque recupero rápidamente la solemnidad anterior- va a iluminar este mundo. Esta noche Navhar, tu guerrero, por fin sabrá porque aúlla a la Luna.

Borj miró como su guerrero se alejaba, se entristeció un poco, pero algo en su interior le decía que su guerrero sería esta noche…………………amante.

VII

La luz de su Luna lo iluminaba todo, absolutamente todo, las hojas de los árboles, las rocas del borde de la colina, incluso el aire parecía iluminado con un tono blanco, blanco y calido. Una leve brisa rozo el pelaje de Navhar, era agradable, casi olvidó el dolor que sentía a cada paso que daba. Apretó un poco los dientes y siguió caminando despacio, la sangre volvía a manarle de la herida resbalando lentamente hacia su pata derecha, notaba cada latido de su corazón como una pulsación sorda y dolorosa, pero en su mente, también a cada latido sonaba la misma frase que la vieja Nuth le había dicho al despedirse “Creo que esta noche la luna será tu Luna”, su Luna, a la que había aullado desde que salio por primera vez de la cueva.
Todas las noches, cuando el resto del clan no salía de la cueva, Navhar se dirigía a la colina que había por encima de esta, era un lugar cercano y a la vez lo bastante alto. Muy pocos animales subían en la noche allí y se convertía en un sitio tranquilo desde el que aullar a su amada, llamarla, desearla. Pero esta noche Navhar no dirigió sus pasos colina arriba, no iba al sitio de costumbre, en su mente un destino, aquel lugar que las viejas como Nuth llamaban Acantilado de Wolfcreek, junto al océano, donde las olas al romper parecían formar música. Nunca había estado allí, pero había oído a la vieja Nuth hablar de reuniones de lobas, de conjuros en sus playas, de encantamientos en sus arenas, de la magia del agua que la luna hacia subir y bajar a su antojo formando mareas.
El camino iba a ser largo, tal vez el viejo Borj tuviese razón, tal vez Navhar se desangrase por el camino, pero eso su mente ni tan siquiera lo vislumbraba, su mente continuaba con otra frase de Nuth “Creo que está aquí por ti”, un paso mas, “Creo que está aquí por ti”. Si estaba aquí por el, llegaría, llegaría aun sin sangre corriendo por sus venas.
Levantó un poco la cabeza y miro al cielo, sus pupilas se agrandaron, su corazón bombeo con fuerza, su pelo se erizo un poco al sentir un grato escalofrío por la espalda, era inmensa, la luna, su Luna, parecía cubrir la tercera parte del cielo. Para sus adentros, para si mismo, hizo una pregunta a Nuth “¿alguna vez se acercó tanto?” y en su propio cerebro la vieja Nuth le contestaba “Jamás Navhar, jamás la luna se tomo tanto interés por nadie”. ¿Lo había pensado? ¿O realmente había oído a la vieja Nuth?

VIII

El camino a Wolfcreek era llano hasta llegar cerca del mar, una senda larga, entre árboles, rocas desperdigadas aquí y allí, a veces se estrechaba como un canal verde y las hojas de los arbustos le rozaban la piel mojándole un poco el pelo con su humedad.
Navhar nunca había recorrido aquel camino, pero no importaba, su cuerpo sabia donde ir, el solo dejo a su instinto, su instinto animal, su instinto de amante, lo guiaría, probablemente su Luna había decidido el lugar de encuentro por el. Caminar, aguantar, caminar.
Tuvo que detenerse un momento, estaba perdiendo la respiración, la pulsación de la herida había aumentado en el último kilómetro recorrido y ya llevaba un rato jadeando sin darse cuenta. Al pararse se percató de algo muy extraño, había muchos animales en los bordes del camino, conejos, ardillas, un ciervo, un hurón, también animales pequeños, algunos escorpiones. No era normal que estuviesen tan cerca de el, y, no, no podía ser, ¿lo miraban? Sin duda lo miraban, todos pararon cuando el se detuvo. ¿Cuánto tiempo llevarían siguiéndolo?

Se sentó sobre sus dos patas traseras y miró alrededor. De repente escuchó algo en su interior, algo que no venia de sus pensamientos, algo ajeno, alguien le estaba hablando desde dentro.
- Solo puedes parar unos minutos Navhar, solo unos minutos.

Movió su cabeza a uno y otro lado. ¿Quién había dicho eso?, ¿el ciervo?, ¿el hurón?, ¿todos?, ¿ninguno?

- Solo unos minutos Navhar. La magia comienza a medianoche. Ella te espera.

Al oír esto Navhar casi dio un salto “ella te espera”, “ella te espera”, sacudió la cabeza como saliendo de un sueño, y se incorporó. Wolfcreek ya no estaba tan lejos, ya oía la música de las olas besando húmedamente la montaña.
“Ella te espera”, echó a andar……… al igual que sus acompañantes.

IX

La entrada al acantilado de Wolfcreek era un estrecho pasillo de negras rocas, rocas volcánicas húmedas de la brisa marina, rocas que aquella noche, a la luz de su Luna, parecían llenas de pequeñísimas estrellas. La luz que desprendía su Luna se reflejaba en las pequeñísimas gotas de agua salada formando todo un universo en cada roca. Por encima de aquellas rocas salpicadas de luz, su Luna ya ocupaba casi la mitad del cielo.
Navhar se paro justo en la entrada, sentía un nudo en el estomago, ya ni se acordaba de su herida, estaba demasiado cerca como para acordarse. ¿Sentía miedo?, ¿un guerrero como el?, no, mas bien parecía que miles de mariposas hubiesen echado a volar dentro de su estomago, de su corazón, de su alma.
Sus acompañantes se pararon a la entrada a Wolfcreek, ese era un camino que debía recorrer el solo. Justo antes de perderlos de vista, Navhar se volvió hacia ellos y volvió a escuchar algo dentro de él:
- Ve a la playa Navhar, la magia ha comenzado.

Ahora se dio cuenta, su herida, nada más atravesar las rocas del acantilado, se estaba cerrando, ya solo se veía una fina línea rojiza, ya no brotaba sangre, tan solo una pequeña línea roja que parecía ir desapareciendo por momentos. Continuó caminando hacia la playa, dejándose llevar por el rumor de las olas.
Cuando al fin notó la fina arena bajo sus patas, la herida había desaparecido completamente, el dolor se había ido, las mariposas seguían revoloteando. La pequeña playa estaba casi totalmente iluminada en tonos plata, el reflejo en el agua, de una luna que ya lo cubría todo, le hizo entornar un poco los ojos. Era una luz tan calida, tan suave. Se paró y se tumbó en la arena, notando en la barriga la calidez de la arena, la cabeza erguida, el pecho levantado, expectante, algo iba a ocurrir, no sabia muy bien el que, pero algo estaba a punto de suceder, era casi medianoche, fuese lo que fuese lo que el destino le tenia preparado desde que era un cachorro iba a suceder en unos instantes.
De nuevo escuchó una voz dentro de su ser:
- Entra en el agua Navhar- que sonido tan dulce tenía aquella voz- Entra en el agua, no tengas miedo.

Navhar se irguió y caminó hacia la orilla, cuando sus patas rozaron el agua notó que estaba casi templada. Los destellos de su luna parecían zigzaguear con el movimiento de las suaves olas, parecían formar remolinos, cabriolas, estelas, en sus ojos todo el brillo del universo.
- Sumérgete Navhar- dulcísima voz- No te asustes cuando salgas, tan solo será magia.

Navhar no tenia miedo, nunca lo tuvo, era un guerrero. Cuando comenzaba a sumergirse por completo aun escucho aquella voz.
- He venido por ti Navhar, he venido a amarte.

Cerró los ojos y se sumergió, aun con los ojos cerrados notó que todo se iluminaba de blanco, aun debajo del agua todo se volvió blanco, blanco como su Luna.
Era medianoche………………la magia había comenzado.

X

Lo que salió del agua era Navhar, pero no era un lobo………
Algo habia sucedido bajo aquellas cristalinas aguas, en los breves instantes que permanecio sumergido le parecio oir otra vez esa voz que sonaba en su interior:
- Tu no puedes amarme como lobo, yo no puedo amarte como luna, pero podemos amarnos como hombre y mujer. No te asustes Navhar, estoy aquí para amarte. No te asustes.

No sentía miedo alguno.
Sintió un leve mareo cuando se apoyó solo sobre sus piernas y comenzó a salir del agua, el contacto de la fina arena de la playa sobre las plantas de los pies le hizo sonreír levemente En la orilla, donde aun las olas lo rozaban con ritmo musical, Navhar miró su desnudo cuerpo a la luz de su Luna.
Era un hombre ni joven ni viejo, tenia cuerpo de un guerrero maduro. Lo primero que le sorprendió fue verse sin pelo, casi sin pelo en el cuerpo, el agua resbalaba desde su pecho hacia su vientre, sus piernas, en pequeños ríos que brillaban bajo la luz de la luna. Su piel era morena, un poco acanelada. Buscó sus cicatrices, marcas de luchas y combates, pero no veía nada, ninguna marca, excepto, espera, en su muñeca izquierda tenia una marca, una especie herida, una herida del tamaño de una moneda, rojiza salvo en el centro, en el centro tenia una pequeña mancha blanca, del blanco de la luna. No sabia como, pero sabia que aquella marca era la suma de todas sus heridas, todas sus heridas de años de batallas concentradas en su muñeca, era la marca de un guerrero.
Si alguien hubiese estado en aquella playa habría descrito a Navhar como un hombre ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, de piel morena, con el pelo oscuro salvo salpicaduras de color ceniza, los ojos verdes y grandes brillando expectantes bajo aquella blanquecina luz. No era un hombre guapo, pero no desagradaba, algo en su postura, en su forma de estar de pie hacían pensar en un guerrero curtido, pero también en un amante sensible. Lo que nadie habría visto si hubiese estado en aquella playa es que, en tan solo unos instantes, Navhar ya no era lobo, ya no pensaba como lobo, ya no se sentía lobo y prueba de ello fue que cuando miro a su Luna, levanto la cabeza queriendo aullar y lo que salió de su garganta fue:
- ¡Lunaaaaaaaaa! ¡Aquí estoy!- desgarrado, ofreciéndose- ¡Lunaaaaaaa!

Cuando bajó la vista de una Luna que ya ocupaba todo el cielo, vio que no estaba solo en aquella playa. Sus verdes ojos se agrandaron, sus pupilas de guerrero miraron fijamente la figura que, mas que andar, parecía ir deslizándose hacia él. Sintió un escalofrío mezcla de nerviosismo, de atracción, que recorrió toda su columna de abajo a arriba. Era Ella, aun no podía verla bien, pero……… era Ella, todo su cuerpo, toda su mente, todo su ser se lo estaba gritando………era Ella, moviendo mariposas en su estomago, en su corazón, en su alma…………era Ella.
Salió de la orilla, caminando despacio, su cuerpo brillaba, mojado, húmedo, se dirigió hacia Ella. Unos metros antes de alcanzarla ambos pararon, Navhar estaba absorto, no sabía como reaccionar, era la cosa más bella que jamás había visto.
Luna llevaba una especie de velo blanco alrededor del cuerpo, algo fino y suave, con una especie de caída distraída, la luz blanca mostraba sus formas a través de aquella prenda. Era tan sensual que Navhar casi se avergonzó un poco de estar mirándola así.
Luna era una mujer en cuyos ojos brillaba el universo de la belleza, ojos de conocer muchas cosas, su rostro era joven, alegre, atractivo. El pelo le caía sobre los hombros en una cascada de color negro intenso. Bajo aquella leve ropa se intuía un cuerpo que podría ganar mas batallas que miles de ejércitos, un cuerpo sensual, torneado……… senos, hombros, caderas, muslos………Navhar no se dio cuenta pero su rostro había enrojecido un poco cuando su mente navegó por aquel cuerpo, un cuerpo de mujer, no de niña, un cuerpo que le hizo quedarse quieto, sin saber muy bien que hacer, frenando sin querer el deseo que ella estaba despertando en él. Y así permaneció quieto hasta que ella sonrió. Aquella sonrisa hizo que todas las mariposas que sentía en su cuerpo echasen a volar a la vez, miles, millones de pequeñas punzaditas de placer recorrieron todo el cuerpo de Navhar.
Sin dejar de lucir aquella sonrisa, Navhar escuchó por primera vez la voz de Luna fuera de su cuerpo. Como la brisa, se acerco a su oído y le susurró:

- Navhar estoy aquí para amarte, estoy aquí para que me ames.- como una caricia en el alma.

XI

Navhar se acercó a aquellos labios que aun sonreían, lo hizo despacio, el tiempo pareció detenerse un instante justo antes de rozar los labios de ella. Cuando sus labios se juntaron, el sabor saladito del agua de mar, el dulce de aquellos labios, hicieron que todo el interior de Navhar temblase casi imperceptiblemente. Su corazón latía con tal fuerza que ella casi podía oírlo. Ninguno de los dos cerró los ojos, querían verse, mirarse, amarse. La luz de aquella enorme Luna comenzó paulatinamente a subir de intensidad, primero levemente, un poco de claridad, luego más, más, más casi parecía un amanecer de un nuevo sol blanco. Dicen que en la historia de el mundo ha habido cinco besos perfectos, este los supero a todos ellos.

Las manos de él atravesaron aquella cascada oscura de pelo y se posaron suavemente en el cuello de ella. Los labios se entreabrieron, las lenguas se unieron en un baile lento, explorador, húmedo. Navhar fue bajando las manos lentamente, sus hombros suaves a través de aquel vestido sedoso, su espalda, su cintura. Entonces la atrajo un poco hacia él, con fuerza pero muy suavemente, las caderas quedaron juntas, ella noto la excitación de él en forma de presión del miembro de Navhar en su propio sexo. Las manos de Navhar continuaron bajando muy despacio, por fuera de aquella tela que parecía liquida, su cintura, sus caderas, sus muslos. Ella notaba como un calor leve iba entrando en su cuerpo, un calor que procedía de dentro, de interminables hogueras encendidas durante años en su alma de mujer. Las manos de él fueron subiendo, levantando aquella blanca tela a su paso. Muslos…… caderas…… cintura…… hombros, finalmente al llegar otra vez al cuello de ella, el vestido salió, separándolos levemente, un instante. Sus cuerpos desnudos volvieron a juntarse. Sus labios, sus lenguas se buscaron para continuar su sensual danza. Ella notaba ahora como sus pezones rozaban el pecho aun mojado de Navhar, las manos de él bajaron por la espalda dejando una estela mojada a su paso. En un movimiento lento la tumbó en la arena. Luna tumbada, Navhar sobre ella, pegado pero sin presionar, rozando cuerpo contra cuerpo. La boca de él se separó, aun continuaba mirándola a los ojos En los ojos de ambos, todo el deseo del mundo reflejándose en sus miradas, una mirada en la otra. Los labios de él buscaron su cuello besándolo suavemente como en pequeñas caricias, los labios bajaron a sus pechos, un segundo antes de que rozasen los pezones de ella ya habían comenzado a endurecerse, a desafiar a aquellos labios. Jugó alrededor de ellos, con los labios, con la lengua, la respiración de Luna se aceleró un grado. Mordisqueo levemente ambos pezones, muy suave, y los volvió a recorrer con su lengua.
Bajó de sus pechos a su vientre, pasando su lengua, dando besos leves, arrastrando un poco sus labios hacia su ombligo. Rodeo el ombligo, besando, su mano comenzó a explorar los muslos de Luna, primero por fuera, luego en su interior, su mano notó el calor húmedo que ya desprendía su sexo. Su boca siguió bajando y cuando se acercó lo suficiente al sexo de ella, Luna pareció arquear todo su cuerpo, dándose, ofreciéndose, toda su espalda arqueada, un deseo, una invitación. Navhar probó el sabor de Luna, calido, sensual, el sabor de la incitación, del deseo, el sabor de su amada.
Por unos instantes, la luz de aquella enorme luna que cubría el cielo pareció brillar aun mas, ella no la veía, tan solo la notaba, sus ojos se cerraron de placer, su corazón bombeaba deseo, su respiración trotaba en su pecho.
En un movimiento casi mágico Luna tumbó a Navhar boca arriba, se colocó encima de él, las piernas abiertas alrededor de la cintura, su sexo rozando, mojando el vientre de Navhar. Los senos de Luna quedaron a la altura de la cabeza de Navhar, su boca busco de nuevo los pezones de ella, duros, erectos. Luna echó la cabeza hacia atrás, su pelo negro desafió a la noche, sus ojos se volvieron a cerrar de placer.
Luna bajo la cabeza y se quedo fijamente mirando a los ojos de Navhar, aquellos ojos verdes que ahora brillaban de excitación. Y así, mirándose mutuamente, Luna comenzó a bajar lentamente su cuerpo, hacia el miembro de el, erecto, expectante, inquieto, excitado. Cuando Navhar comenzó a entrar dentro de Luna, ella se detuvo un instante, el cuerpo de el se arqueo también, pero mantenía sus ojos clavados en los de ella, en su rostro, entonces ella hizo un gesto que hizo que todos los músculos de Navhar se contrajesen, se endureciesen, ella se mordió suavemente el labio inferior, en un gesto de excitación, de placer esperado, de deseo incontrolable. Cuando Navhar vio aquel gesto en aquellos labios, reflejándose también en su rostro, en sus ojos, ya nada mas hubo que hacer, entró completamente dentro de ella, las espaldas de ambos se arquearon. Navhar dejó hacer a Luna, ella controlaba con las caderas todo el cuerpo de su guerrero. Luna lo notaba en su interior tenso, duro, calido, caliente, ardiendo de placer que ella también sentía a cada movimiento de sus caderas. Subidas y bajadas de puro éxtasis reflejadas en los ojos de los amantes que era imposible mantener abiertos cuando ella bajaba notándolo dentro, muy dentro. Sus cuerpos comenzaron un ritmo suave, armonioso, como el vaivén de las olas arrastrándose por la orilla de aquella playa.
Luna comenzó a aumentar el ritmo paulatinamente, un poco más rápido, un poco mas………su respiración se aceleró, de su boca un al principio leve jadeo que fue convirtiéndose en grito, de la boca de Navhar el jadeo se convirtió casi en un aullido. Y de repente Luna se paró, todos los músculos de su hermoso cuerpo parecieron tensarse a la vez, sus ojos se cerraron, el placer era tan intenso, tan intenso. Por un instante el tiempo se detuvo para los amantes y su universo se volvió calor, placer, orgasmo, fuego………luz.

Luna buscó con sus labios los de él, ambos exhaustos, calientes………se besaron. Así permanecieron un momento, abrazados, el cuerpo de ella totalmente pegado al de él……… él aun dentro de ella.

Los amantes se habían amado………y ya nunca dejarían de amarse.

XII

Todos se arremolinaron alrededor de Nuth que hizo un gesto de fastidio, pero era solo un gesto, en el fondo disfrutaba muchísimo cuando los pequeños, en las frías noches de invierno, la rodeaban en busca de alguna historia, alguna cuento, alguna leyenda.
- Vamos, vamos. Si no os estáis quietos un momento no pienso empezar- a Nuth le gustaba ver como todos se paraban cuando oían estas palabras, se paraban, y la miraban como la vieja sabia que era.

Todos ya alrededor de Nuth, quietos, esperando que aquella cansina voz comenzara a relatar historias de batallas, de lobos valientes, de enemigos crueles que acababan siendo derrotados, historias cercanas del viejo Borj o historias lejanas de las abuelas de las abuelas de la anciana Nuth.
El joven Ishi, poniendo aquel gesto que sabía que ablandaría el corazón de Nuth, aquel gesto de lobo pequeño aunque él ya no lo era, le insistió como tantisimas otras noches a la anciana:
- ¿Nos contarás la historia de Navhar? ¿nos la contarás esta noche Nuth?

Como tantisimas otras noches, Nuth hizo un mohín de desagrado, aunque realmente nunca se cansaba de contar la historia Navhar, y los jóvenes lobeznos, incluso el viejo guerrero Borj, nunca parecían cansarse de escucharla.

Nuth contó la historia de Navhar y de su Luna. Y llegando ya al final siempre les repetía, cuando todos tenían los ojos muy abiertos:

- Dicen que desde aquella noche en aquella playa, Navhar y Luna son amantes. Por eso hay noches que la luna se poner roja, es Navhar que le susurra cosas bonitas al oído, y Luna acaba enrojeciendo mientras ríe. También dicen que cuando no vemos a Luna, cuando las noches son oscuras, es porque toda su luz, toda la luz de Luna, se ha ido a aquella playa para poder amar a su amante.

Todos seguían, durante un buen rato, parados alrededor de Nuth, siempre que les contaba esa historia, se quedaban pensativos, con los ojos muy brillantes, soñadores, seguramente pensando en Navhar y Luna, en guerreros, en princesas.
El joven Ishi, curioso y feliz le pregunto a Nuth:
- ¿Qué hacen cuando se ven? ¿Qué hacen Navhar y Luna cuando la luna se esconde?
- Aun eres un lobo demasiado jovenzuelo para oír eso picaron- la anciana se rió para sus adentros- pero otra noche te contaré algo que le pasó a Navhar cuando fue a visitar al Clan de los Osos……

Todos, Ishi el primero, abrieron los ojos aun mas, expectantes, atentos, ansiosos de oír otra historia de Navhar sacada de la memoria de la anciana y dulce Nuth.
Nuth los miró a todos, también a Borj y sabiendo que ya era muy tarde dijo:
- Queridos, es una buena historia, pero esa……… esa será otra historia.

viernes, 2 de mayo de 2008

EL MONTE DE LAS ANIMAS

dicen del monte de las Ánimas que es el paraje más emblemático de la ciudad de Soria. ese monte evoca un pasado de leyendas templarias, pues Bécquer, el poeta romántico, tan vinculado a Soria por matrimonio con una torrubiana, ubicó alguna leyenda en ese paraje, con miembros de la orden del Temple como protagonistas. Antes, mucho antes, allá por el siglo XII, unos frailes se instalaron en su faldas, construyendo, ahora sí, el más emblemático de los monumentos románicos de estos lares: lo que en la actualidad se conoce como "Los Arcos de San Juan de Duero".
Los Arcos forman parte de un monasterio, dicen que de Hospitalarios, ya perdido; se halla a tiro de piedra de lo que aseguran son restos de un enclave del Temple, San Polo, en el mismo monte de las Ánimas. A pesar de la cercanía –unos quinientos metros- se nos antoja distante San Polo de los Arcos, a causa de una carretera interruptora del monte, tal vez trazada sobre una calzada romana.
(extraido de la wikipedia)


El monte de las ánimas
Gustavo Adolfo Bécquer




La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.
I
-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
-¡Tan pronto!
-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
-Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
II
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
-Sí.
-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
-No sé.... en el monte acaso.
-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
-Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.
-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
III
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!
IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

jueves, 1 de mayo de 2008

EL SONIDO DEL SILENCIO


Eran las cuatro y media de la mañana y seguía dando vueltas en la cama. El sonido del silencio lo perturbaba de manera alarmante y se levantó, tan sólo para hacer algo de ruido. Caminó hacia el baño y se dedicó por espacio de treinta segundos a hacer pis. Volvió a su pieza, y a medio camino se dio cuenta de que no hacía ruido. Nada, ni un poco. Volvió sobre sus pasos, esta vez atento a sus movimientos, pero nada se oía.
Una gota de transpiración corrió silenciosa por su frente.
Se pasó la lengua por los labios, estaban resecos, comenzaba a ponerse nervioso. Caminó hacia el living - comedor y el silencio lo aplastó con una tangibilidad evidente a todas luces. Se pasó una mano por la frente, sacándose la gota que le molestaba silenciosa. Subió la cortina, cotidianamente ruidosa. Silencio.
Salió al mudo balcón, los autos pasaban callados, los tacos de las puntas que paraban en su esquina resonaban sin sonido.
Se sintió aterrado, pronto se le aflojó la vejiga nuevamente. No la oyó, sólo sintió su pierna mojarse y la orina cayendo calladamente hacia el suelo del balcón.
¡Una mano lo tocó!
El hombre pegó un grito mudo y se dio vuelta, su corazón latía con una fuerza silenciosa. Su esposa lo miró con sueño y le dijo que volviera a la cama, sin sonido, con las palabras vagando por el aire sin encontrar un lugar donde reposar. Él la miró, la tomó del hombro y le gritó con todas sus fuerzas algo ininteligible y silente, ella ni lo miró, y se fue a la cama. El hombre comenzó a reír hasta que su garganta enronqueció y luego de no escuchar ni siquiera su propia risa subió a la baranda del balcón y de un mudo salto cayó sin hacer ruido a la vereda. Sus órganos estallaron en silencio, y la sangre del hombre salpicó el asfalto en mudas gotas que se escurrieron en un mudo hilo hacia una alcantarilla.