lunes, 14 de enero de 2008

VISITANDO LA CASA DE LOS ESPEJOS

HACE UNOS DIAS PUBLIQUÉ UNA ENTRADA SOBRE LA CASA DE LOS ESPEJOS, CONOCIDA LEYENDA GADITANA, HOY MARINA NOS CUENTA SU ATERRADORA EXPERIENCIA DENTRO DE DICHA CASA.
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Siendo niña en Cádiz había muchas casas deshabitadas en las que los niños nos metíamos a jugar, aunque estaban medio en ruinas era fácil acceder a ellas ya que las tapias de ladrillo no eran demasiado altas o por las puertas mal cerradas.
Una de esas casas esta en la Alameda junto al mar, la llamaban la casa de los espejos y cuenta la leyenda que en ella vivó un capitán de barco con su mujer y su hija, en cada uno de sus viajes su hermosa hija le pedía como regalo un espejo, el padre cumplía siempre, con lo que la casa se fue poco a poco llenando completamente de espejos. La niña fue creciendo y se convirtió en una muchacha bellísima, el padre cada vez que volvía de sus viajes solo tenía besos palabras y miradas para ella. Dicen que la madre celosa de la relación entre su hija y su marido, aprovechando una de las ausencias de éste envenenó a la muchacha sin que nadie sospechara de ella. Pero el padre al regresar contempló atónico a su hija en los espejos, el reflejo de su hija le contó la verdad de su muerte. La madre confesó su crimen ante la insistencia del marido, murió en la cárcel, el padre se marchó y nunca mas se supo de él.
Yo tenía doce años cuando entramos en la casa, en aquel entonces era muy fácil acceder a ella, la cerradura de la puerta era vieja y estaba medio rota, nos bastó un empujón y estábamos dentro. El edificio era impresionante, una casa típica gaditana con un patio interior enorme con columnas y una gran escalera de mármol que se dividía en dos en mitad del descansillo para subir a los pisos superiores, y todo, absolutamente todo, lleno de espejos rotos, las paredes, el suelo, la escalera, la sensación era escalofriante, miraras a donde miraras veía mi imagen reflejada o la de alguno de mis amigos, era como una explosión de colores en aquellas paredes blancas llenas de trozos de espejos. Normalmente cuando entrábamos en las casas abandonadas nos poníamos histéricos gritando y corriendo por todas partes pero en esa casa no, estábamos como petrificados mirando hacia todos los lados, agrupados e incapaces de separarnos más de 10 centímetros fuimos avanzando por el patio hasta llegar a la escalera y empezamos a subir por ella, justo cuando estábamos en el descansillo en que la escalera se dividía en dos algo nos paralizó de terror, fue como un viento helado que nos puso a todos los pelos de punta, nos miramos y vimos el pánico en los ojos de los demás, alguien preguntó -¿qué ocurre? – y mi amiga dijo – No hay reflejo, ahora no hay reflejo - ... así era de repente no había nada en los trozos de espejo, nada, la sensación era horrorosa, habíamos alucinado con nuestras imágenes que se reflejaban por todas partes, y de repente no había nada, era como una ausencia total de color, como vacío, fue espantoso ..... Salimos corriendo y gritando tan rápido como pudimos, y lloramos ... oH  sí ,lloramos como bebés, pero no había terminado había algo raro, algo andaba mal, el sol ... estaba anocheciendo, habíamos estado más de dos horas en la casa, era imposible, completamente imposible, mi sensación temporal fue de unos diez minutos como mucho, ¿qué pasó en esas casi dos horas? Yo no lo sé, solo puedo contar lo que recuerdo y mi recuerdos son diez o quince minutos a lo sumo. Temblando de terror nos fuimos a casa, yo personalmente no dormí en dos semanas y creo que mis amigos tampoco.
Jamás volvimos a entrar en aquella casa ni en ninguna otra, y no volvimos a hablar de lo que ocurrió allí, estuvimos mucho tiempo sin ir a jugar juntos, realmente aquello fue el principio del fin de nuestra amistad. Ya nunca fue igual, no se explicar porqué pero aquello nos distanció, ahora cuando lo pienso quizás fue inconsciente nuestro mutuo rechazo, quizás queríamos olvidar.
Han pasado 22 años, la casa fue restaurada hace unos años pero solo una anciana vive en el ático (eso me han dicho y se puede ver la luz por la noche), las dos plantas inferiores están deshabitadas, los cristales de los grandes ventanales están rotos y las cortinas salen ondeando al viento como banderas. Desde la Alameda se ven los grandes salones de la primera y segunda planta vacíos, la puerta del edificio siempre está cerrada, y cuando paso por allí todavía me recorre la nuca un escalofrío, pero tengo que mirar es como un imán, me da miedo pero tengo que mirar.
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